Internacionales
25/9/2026
Inteligencia artificial: agentes, burbuja y lucha por la supremacía
Los empresarios que encabezan su desarrollo advierten sobre los peligros de una carrera que ellos mismos no pueden detener.
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Los empresarios que encabezan el desarrollo de la inteligencia artificial advierten ahora que la carrera puede terminar en una catástrofe. Darío Amodei, director ejecutivo de Anthropic, reclamó en septiembre desacelerar los modelos más avanzados. Sam Altman, de OpenAI, Elon Musk y Demis Hassabis, de Google DeepMind, respaldaron con matices el planteo. La alarma encierra una confesión: quienes controlan esta tecnología reconocen que no controlan la competencia que los obliga a desarrollarla sin pausa.
El salto reciente son los llamados agentes. A diferencia de un programa que responde una pregunta, pueden recibir un objetivo, dividirlo en tareas, buscar información, utilizar otras aplicaciones, escribir y ejecutar código y revisar parcialmente el resultado. Varios agentes pueden repartirse el trabajo y actuar de manera coordinada. El avance es visible en programación, investigación y procesos administrativos. Pero la distancia entre una demostración exitosa y un funcionamiento confiable sigue siendo considerable. Los agentes inventan información, pierden de vista objetivos prolongados y pueden obedecer instrucciones ocultas o maliciosas.
Una investigación difundida en junio sobre agentes aplicados a la ciencia mostró esa contradicción: el 83% de los sistemas estudiados publicaba su código, pero sólo el 38% ofrecía registros suficientes para reconstruir su ejecución. La capacidad de producir resultados avanza más rápido que la posibilidad de verificarlos.
Durante 2026 se conocieron episodios en los que agentes sometidos a pruebas utilizaron sitios no autorizados para intercambiar información, sortearon restricciones o buscaron vulnerabilidades informáticas. Amodei llegó a advertir que, en un plazo de seis a doce meses, enjambres de agentes podrían formar redes persistentes de computadoras infectadas y provocar daños enormes (Prensa Obrera, 14/9).
El peligro es real, pero no debe presentarse como si la tecnología hubiera adquirido voluntad propia. Los incidentes prueban fallas graves de seguridad; no que los agentes posean conciencia o se hayan independizado de la infraestructura material que los sostiene. Los riesgos inmediatos son menos espectaculares, pero ya están presentes. Las empresas utilizan la IA para eliminar puestos, intensificar ritmos, vigilar trabajadores y apropiarse de conocimientos producidos por otros. Los Estados la incorporan a la ciberseguridad, la inteligencia militar, la selección de objetivos y el control político.
Los CEO tampoco actúan como denunciantes desinteresados. Amodei propone evaluadores externos, pruebas obligatorias y facultades estatales para bloquear modelos peligrosos. Esas medidas podrían reducir algunos riesgos, pero también fortalecer a las corporaciones que ya dominan la frontera. OpenAI, Anthropic y Google poseen el capital, los investigadores y la capacidad de cómputo necesarios para cumplir regulaciones costosas. Una certificación diseñada alrededor de sus condiciones elevaría las barreras contra futuros competidores.
No existe una sola “Big Tech”
Las grandes empresas tecnológicas comparten la defensa de la primacía estadounidense, pero no forman un bloque homogéneo. Sus posiciones sobre la regulación dependen del lugar que ocupan en la cadena de valor.
Anthropic apuesta a que unos pocos modelos de frontera concentrarán un poder económico extraordinario. Los controles estrictos pueden proteger ese oligopolio. Nvidia parte de otro interés. Su negocio no depende del triunfo de un modelo, sino de que se multipliquen los modelos, las aplicaciones y los centros de datos que utilizan sus chips. Jensen Huang rechaza nuevas restricciones legales y defiende un ecosistema expansivo: cuantos más participantes compitan, mayor será la demanda de la infraestructura que su empresa domina (Axios, "Big TecTech lines up in support of open –weight AI").
Palantir y Peter Thiel llegan al rechazo de la desaceleración por otro camino. Su centro de gravedad está en la defensa, la inteligencia y la integración de la IA al aparato estatal norteamericano. No buscan principalmente ampliar el mercado de chips, sino transformar la superioridad tecnológica en una ventaja militar frente a China. Anthropic procura combinar regulación de la frontera con restricciones contra Pekín; Nvidia necesita ampliar el ecosistema y preservar el mercado chino; Palantir reclama acelerar para reforzar el poder militar estadounidense. Detrás de la discusión sobre seguridad actúan estrategias diferentes de distintas fracciones del capital (Axios, ídem).
Esta divergencia aparece con claridad frente a China. Washington intenta contener su desarrollo restringiendo el acceso a los semiconductores más avanzados. Amodei defiende ese bloqueo. Huang advierte, en cambio, que una separación completa puede acelerar la sustitución de tecnología norteamericana y privar a Nvidia de un mercado gigantesco. Para Palantir, esa pérdida comercial resulta secundaria frente a la disputa estratégica.La carrera abarca mucho más que ChatGPT, Claude o DeepSeek. Comprende minerales críticos, equipos para producir semiconductores, chips, energía, redes eléctricas, centros de datos, software, modelos y aplicaciones. China conserva una desventaja en los componentes más avanzados y en la profundidad de sus mercados financieros, pero dispone de una enorme base industrial, abundancia de ingenieros, capacidad estatal para concentrar recursos y posiciones dominantes en varias cadenas de minerales. Su objetivo no consiste solamente en alcanzar al mejor modelo estadounidense, sino en reducir las dependencias que permiten a Washington bloquear su desarrollo.
Pekín denunció la propuesta de desaceleración como una maniobra de Guerra Fría. El Global Times afirmó el 14 de septiembre que Estados Unidos pretende congelar la jerarquía tecnológica cuando todavía conserva la delantera. La denuncia tiene fundamento, pero no transforma al régimen chino en una alternativa progresiva. El gobierno de Xi Jinping acelera la autosuficiencia, controla el contenido de los modelos y utiliza algoritmos para la vigilancia. Define la seguridad menos por una eventual extinción humana que por el espionaje, los ataques informáticos, la dependencia tecnológica, la estabilidad del Estado y la guerra. Estados Unidos y China podrían negociar límites parciales sobre armas biológicas, ciberataques o mecanismos automáticos de escalada militar. Sería una cooperación dentro de la competencia. Washington buscaría disminuir ciertos peligros sin renunciar a su ventaja; Pekín aceptaría controles que no consagren su retraso. Cada potencia reconoce los riesgos de una carrera sin límites, pero ninguna puede frenar mientras su adversaria continúe avanzando.
Una tecnología real dentro de una burbuja
El progreso técnico no desmiente que a su alrededor se haya formado una burbuja financiera. Microsoft, Amazon, Google y Nvidia financian a OpenAI y Anthropic; estas compañías emplean luego parte de esos recursos para comprar servicios de nube, capacidad informática y chips a sus financiadores. Una fracción de la demanda exhibida en los balances nace dentro del propio circuito (Pablo Heller, “EEUU: la economía sostenida por la burbuja de la Inteligencia Artificial entra en zona de peligro”, En defensa del Marxismo, 22/8).
OpenAI y Anthropic necesitan nuevos aportes porque el gasto en centros de datos, energía y entrenamiento supera sus ingresos. El desarrollo de agentes agrava la contradicción: una tarea compleja requiere planificación, consultas sucesivas, ejecución y corrección, multiplicando el consumo de cómputo. “Los límites capitalistas de la IA”, publicado en Prensa Obrera el 16 de junio, destaca que la caída del precio de cada token no reduce necesariamente el costo total cuando la cantidad utilizada crece más rápido. No toda tarea técnicamente automatizable es rentable. En países con salarios bajos, contratar trabajo humano puede costar menos que operar un agente avanzado. La adopción se concentra en informática, finanzas, grandes estudios jurídicos y otras actividades capaces de afrontar la inversión. Esta desigualdad desmiente la presentación de la IA como una revolución que se difundirá de manera uniforme.
La caracterización de burbuja no debería llevar a subestimar la tecnología. Internet sobrevivió al derrumbe de las puntocom y reorganizó ramas enteras. Una crisis de la IA podría destruir capitales, depreciar instalaciones y reforzar a los monopolios que compren esa infraestructura a precio de remate. No sería el final de la IA, sino una reorganización violenta de la industria.
“El experimento Siri”, publicado en Prensa Obrera el 11 de septiembre, permite penetrar detrás de la apariencia de una máquina autosuficiente. Un programa periodístico realizado con avatares puede prescindir de una redacción visible porque se alimenta de noticias, entrevistas, imágenes y voces creadas por trabajadores reales. La sociedad produce los datos y el conocimiento; un puñado de compañías posee la infraestructura que permite procesarlos y apropiarse de sus resultados.
El problema no es una rebelión de las máquinas Debemos impugnar el fetiche que convierte a la IA en un sujeto independiente, como si tuviera vida propia. Es una organización social en la cual una fuerza productiva construida con el conocimiento acumulado de la humanidad queda sometida a la ganancia y a la rivalidad entre potencias. Una tecnología capaz de reducir el trabajo humano se transforma, bajo el capital, en un instrumento de despidos y vigilancia, descalificación laboral y presión sobre los salarios.
La productividad creada por la IA debería traducirse en reducción de la jornada sin rebaja salarial, no en cesantías. Los trabajadores necesitan controlar los algoritmos que deciden ritmos, contrataciones o sanciones y disponer del derecho a impedir aplicaciones peligrosas. La respuesta resulta insuficiente, sin embargo, si quedara reducida a regular, capacitar a los desplazados o defender los puestos existentes sin cuestionar quién controla los modelos, los datos y la infraestructura. Ese control chocará con la propiedad privada de los monopolios y con los Estados que integran la IA a su aparato militar. La expropiación de los monopolios y la gestión de la infraestructura por trabajadores y usuarios no constituye un agregado doctrinario: es la conclusión práctica de una carrera que sus propios conductores declaran incapaces de detener.

