15/12/2021

La devaluación de la lira turca y su alcance

Se profundiza la crisis económica y política.

La lira turca ha sufrido, en los últimos días, una nueva devaluación del 13%, con lo que acumula una pérdida de valor de un 43% en lo que va del año. Con estos sucesos, Turquía ha vuelto a mostrarse como uno de los eslabones más frágiles de la cadena de la crisis económica internacional. El disparador inmediato de este suceso ha sido una nueva rebaja en la tasa de interés dispuesta por el gobierno de Erdogan, ubicándola en 15 puntos, con lo que, al compararla con la inflación oficial del 20%, se transforma en una tasa de interés real negativa. En estimaciones extraoficiales, la inflación real orillaría el 40 por ciento.

Economía política

La medida dispuesta por el gobierno le ha hecho cosechar críticas de un amplio abanico político, así como ha dejado pasmados a los analistas económicos, habida cuenta que la devaluación y la aceleración de la inflación aparecían como resultados cantados. Para Erdogan, la baja de la tasa, con el consecuente abaratamiento de los créditos y el estímulo al gasto que supone, es una forma de llevar adelante una política monetaria expansiva, que permita, por un lado, mantener un cierto nivel de consumo en la población y, por el otro, alentar las exportaciones turcas.

Los límites de esta medida saltan rápidamente a la vista. El Banco Central turco ha dilapidado, entre 2019 y 2020 y de acuerdo con la oposición, la friolera de 128 mil millones de dólares con el objetivo de contener el valor de la lira, vía por la que se han vaciado las reservas. A la vez, tanto la industria como la agricultura turca son fuertemente dependientes de la importación de insumos y bienes de capital foráneos, acentuando la pérdida de dólares y euros, y acicateando la presión sobre los precios. Por último, Turquía es uno de los países más expuestos a una posible crisis de deuda externa, ya que el porcentaje de deuda en divisas extranjeras respecto del total de la deuda ha alcanzado el 60% y la misma se viene incrementando, alcanzando al 60% del PBI. La forma con la que las autoridades de Ankara buscan ordenar esta madeja es reforzando la explotación sobre los trabajadores: en el último período la participación de los salarios en el PBI se retrajo en cuatro puntos.

Por su parte, la oposición burguesa y el imperialismo le reclaman a Erdogan un ajuste en términos ortodoxos, una suba en la tasa de interés que sustraiga liras del mercado, lo que le pondría un límite a la devaluación y provocaría un enfriamiento de la economía. Esta tentativa se choca con los sectores capitalistas que se han desarrollado al calor de la expansión monetaria oficial, tales como los empresarios de la construcción, así como con la deriva política del gobierno.

Erdogan y su laberinto

El mandatario turco rechaza las críticas y ante el agravamiento del cuadro económico llama a “confiar en Dios” y convoca a ganar esta “guerra de independencia económica”, aduciendo que la inflación sería provocada por una tasa de interés alta. La oposición reclama un adelanto de las elecciones que desde Ankara rechazan. El gobierno apuesta a amainar el creciente descontento social (fruto del deterioro de los ingresos de los trabajadores) por el dinamismo económico que traerían las exportaciones. La otra herramienta de Erdogan para intentar continuar dominando el país, al que gobierna desde 2003, es el uso de las enormes disposiciones represivas con las que cuenta, especialmente desde la derrota del intento de golpe de Estado de 2016 y de la reforma constitucional de 2017, la que le otorgó al Presidente enormes prerrogativas. Este autoritarismo se ha usado en primer lugar contra los trabajadores y el movimiento popular, en particular contra el movimiento de mujeres, buscando reforzar los basamentos conservadores e islamizantes del régimen.

Así, el Ejecutivo viene persiguiendo a la oposición, fundamentalmente al centroizquierdista Partido Republicano del Pueblo (CHP), al que acusa de lazos con el prokurdo Partido Democrático de los Pueblos (HDP) y contra el movimiento kurdo en general. Para Ankara, las organizaciones políticas kurdas como el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) son meros grupos terroristas. Esta persecución contra la oposición incluye el golpismo contra intendentes y la imposición de interventores locales. A pesar de esto, el gobierno viene retrocediendo: en las últimas elecciones regionales la oposición se hizo con el gobierno de las principales ciudades, incluyendo Estambul y Ankara. A la vez, se ha dado a conocer mediante filtraciones (lo que indica una ruptura de los propios aparatos de inteligencia) una red clientelar de designaciones en puestos estatales comandada por Bilal Erdogan, el hijo del Presidente, desatando un verdadero escándalo. Sectores importantes de la clase capitalista, como la cámara empresarial Tüsiad, han empezado a alzar la voz contra el gobierno, lo que expresa un descontento ante un cuadro económico que favorece a los sectores burgueses más ligados al oficialismo.

Con todo, el principal armado opositor es una alianza que agrupa al socialdemócrata Partido Republicano del Pueblo (CHP), al derechista partido Iyi y al islamista SP, un rejunte que carece de cualquier planteo que pueda sacar a Turquía de la crisis y que le brinde a los trabajadores alguna perspectiva; su programa consiste en volver a colocar a Turquía completamente en la órbita del imperialismo europeo y yanqui, y la aplicación del programa económico correspondiente.

El cerco internacional

El imperialismo, fundamentalmente el europeo, viene terciando en la crisis, buscando presionar a Erdogan con el objetivo de realinear bajo su égida al país del cercano oriente. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), institución dependiente del Consejo de Europa, del que forma parte Turquía, viene condenando al gobierno de Erdogan y ordenando la liberación de presos políticos, en algunos casos se trata activistas de la rebelión de Gezi de 2013 (un sucedáneo de la Primavera Arabe), y en otros, integrantes del aparato de Estado acusados por el gobierno de ser partícipes del golpe de 2016. Ankara rechaza las condenas y no las cumple, con lo que se coloca en la antesala de la expulsión de ese organismo continental. A pesar de la certidumbre respecto del autoritarismo gubernamental, se trata de otro acto de hipocresía por parte de Estados que violan sistemáticamente los derechos humanos, tanto dentro como fuera de sus fronteras.

Erdogan ha hecho de la demagogia nacionalista y del aventurerismo militar uno de los pilares de su dominación y mantiene frentes de disputa abiertos a múltiples bandas (el Cáucaso, Libia, Siria), así como un enfrentamiento sistemático con Grecia por los recursos del Mediterráneo oriental. Grecia viene reforzando sus lazos políticos y militares con Francia e Israel.

La situación de fragilidad económica interna impacta en las tentativas regionales turcas, lo que ha obligado a rebajar las tensiones. Erdogan mantuvo una reciente reunión con el príncipe heredero de los Emiratos Arabes Unidos (EUA), país que es uno de los principales aliados de Israel y Arabia Saudita en la región, bloque contra el que choca Turquía en múltiples frentes. Del mismo modo, el mandatario turco ha bajado los decibeles en su enfrentamiento retórico contra Israel. Es otra manifestación de los límites de los regímenes nacionalistas burgueses del mundo árabe a la hora de ensayar una posición antiimperialista.

No se puede descartar, de todos modos, que Erdogan apele a nuevos planteos chauvinistas como una manera de tratar de desviar la atención de la crisis económica y cohesionar el frente interno.

La crisis económica turca, como expresión de la crisis mundial (finalmente Turquía es tan solo una expresión saliente del panorama de bancarrotas que recorren al globo), está jaqueando al experimento erdoganista que, sobre la base de una demagogia nacionalista y religiosa, buscaba erigir y perpetuar un régimen en Anatolia para toda una etapa histórica. Los trabajadores, que vienen luchando por el salario, como la salud, o dando duras batallas en defensa de la organización sindical, como en la industria, las mujeres y la juventud que salen a las calles contra el oscurantismo oficial, deben desenvolver un curso de oposición tanto al gobierno como a la oposición burguesa, emergiendo como un factor político en la crisis, para forjar una salida en sus propios términos.

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