Políticas

29/10/2026

EDITORIAL

Argentina bajo el efecto caipirinha

La fuga de Flavio Bolsonaro hacia Miami y el impacto de la crisis brasileña en nuestro país.

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Javier Milei y Flavio Bolsonaro

La fuga de Flavio Bolsonaro y su familia desde Puerto Iguazú hacia Miami ha puesto nuevamente en evidencia los niveles inauditos de impunidad con los que opera la ultraderecha trumpista en toda América Latina. El operativo contó con el monitoreo del Departamento de Estado norteamericano y con la intervención directa de los servicios de inteligencia argentinos, la SIDE, y de Migraciones. El “asesor” del presidente, Santiago Caputo, actuó in situ para supervisar la maniobra. El imperialismo yanqui y la internacional derechista de los Cerimedo y compañía se anotaron así una nueva masterclass de intervencionismo e impunidad, que remite al secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa el pasado 3 de enero.

Fue el propio Bolsonaro quien se encargó de sacar de la opacidad el elevado grado de participación e involucramiento del gobierno argentino en el “operativo fuga”. En su “carta desde lejos”, Bolsonaro agradeció especialmente a Milei y a Trump. En la primera versión de la misiva, se autoproclamó “el verdadero presidente electo”. Sin embargo, aunque Trump le dio la bienvenida al prófugo y dejó un manto de sospecha sobre las elecciones brasileñas, calificándolas como “extrañas”, no acompañó a Bolsonaro en su autoproclamación presidencial. El desliz contribuyó así a echar luz sobre la estrategia adoptada, al menos hasta ahora, por el mandamás del norte: amparar y sostener a sus aliados de la ultraderecha, pero sin repetir la experiencia de contar con una suerte de “Juan Guaidó brasileño”. El propio Bolsonaro tomó nota, modificó su carta y se rebajó de “presidente electo” a “líder” de los brasileños, mientras que su fuerza política, el Partido Liberal, reconoció la derrota electoral. 

Es evidente que el “operativo fuga” de Flávio Bolsonaro y su familia fue la frutilla del postre de una prolongada política de injerencia del imperialismo yanqui y sus aliados en el proceso electoral y político brasileño, en el que Donald Trump y su chirolita criollo, Javier Milei, jugaron abiertamente por el triunfo del bolsonarismo. Pero, precisamente por eso, el operativo fue también la respuesta de una coalición fuertemente golpeada por la derrota electoral. Con la derrota de Bolsonaro, a Trump se le escapó la posibilidad de alinear íntegramente a América del Sur detrás de su doctrina Monroe. A Milei se le abrió una nueva crisis en su coalición, con Patricia Bullrich y Mauricio Macri reconociendo el triunfo de Lula; se le agravó el ya complicado escenario económico; la oposición cobró nuevo impulso y, lo más importante de todo, cambió el humor popular.

Brasil estornuda, Argentina se resfría

Es muy conocida y acertada la metáfora que señala que cuando Brasil estornuda Argentina se resfría. Como es sabido, Brasil es el principal socio comercial de Argentina. Por eso, la devaluación del 8% que sufrió el real brasileño luego del balotaje del domingo impacta sobre el cuadro económico argentino. El llamado “atraso cambiario” que impera en nuestro país, es decir, la apreciación del peso frente al dólar, y la apertura importadora han sido dos de los mecanismos predilectos del gobierno libertario para desacelerar la inflación. Como consecuencia de esta política, los productos argentinos han perdido una enorme competitividad en el mercado internacional. Esta política constituye uno de los factores centrales de la crisis industrial y del cuadro recesivo que atraviesa Argentina. La devaluación del real agrava este problema y golpea especialmente al sector industrial, ya que Brasil es el principal destino de las exportaciones manufactureras argentinas.

En el centro de esta crisis de competitividad se encuentra la industria automotriz. Stellantis, el grupo propietario de Fiat, anunció la paralización de su producción desde principios de diciembre hasta mediados de febrero. El presidente de la compañía para Sudamérica advirtió, incluso, que podrían llegar a cerrar las dos plantas que Stellantis tiene en Argentina, ubicadas en Córdoba y El Palomar, debido a la falta de competitividad. En un intento de descargar la crisis sobre los trabajadores, el ejecutivo atribuyó la falta de competitividad al costo laboral argentino, que, según afirmó, duplica al brasileño. Volkswagen también anticipó vacaciones y anunció despidos, mientras que Ford comunicó un recorte de la producción y el despido de 400 trabajadores. Por otra parte, una consolidación de la devaluación del real también incrementaría la salida de divisas del país, al abaratar el turismo en Brasil y encarecer para los brasileños el turismo en Argentina.

Pero, más aún que la propia devaluación del real, aunque estrechamente vinculada con ella, lo que podría afectar fuertemente a Argentina sería el ingreso del gigante latinoamericano en un cuadro de contracción económica o recesión. Es necesario tener en cuenta que la economía brasileña viene experimentando una marcada desaceleración y que el Estado brasileño carga con una gigantesca deuda pública, equivalente al 82% de su PIB, y un déficit fiscal nominal del 9,4%. Este cuadro es el que está en la base de los planes de ajuste que se pergeñan en Brasil. El ingreso de Brasil en una fase recesiva golpearía a una Argentina fuertemente azotada por su propia crisis económica, comprometida por monumentales vencimientos de deuda y cada vez más alejada del acceso a los mercados internacionales de crédito, como lo confirma la nueva disparada del riesgo país.

Si es evidente que el efecto caipirinha les pegó mal a los Trump y los Milei, también lo es que a la oposición patronal, especialmente al peronismo, le produjo euforia. Es que en el triunfo de Lula el peronismo ha visto confirmada su propia estrategia electoral: la conformación de un frente amplio, que abarque desde la derecha hasta la izquierda, con el objetivo excluyente de derrotar electoralmente a Milei. La contradicción del planteo consiste, justamente, en que, para enfrentar a Milei, se propone asociarse con quienes hoy colaboran activamente con su gobierno, aportándole los votos en el Congreso y pactando con él desde los gobiernos provinciales y a través de la burocracia sindical. Habrá que ver hasta dónde algunos peronistas que apoyaron la candidatura de Bolsonaro, como Guillermo Moreno, seguirán siendo parte del convite. Algunos derechistas redomados, como Martín Lousteau y Horacio Rodríguez Larreta (los Alckmin argentinos), ya expresaron su voluntad de sumarse a un “frente anti-Milei”.

Pero lo que importa para los trabajadores y la juventud argentina es hacer un balance concreto de la experiencia brasileña. La responsabilidad política por la enorme gravitación de la derecha fascista en Brasil recae, en buena medida, sobre la política pro patronal de “frente popular” liderada por el PT. En Argentina conocemos esta experiencia: ¿o acaso no fue el balance catastrófico del gobierno del Frente de Todos lo que pavimentó el camino para el ascenso de Milei? Luego de cuatro años de gobierno de Lula-Alckmin, la situación crítica de las masas trabajadoras brasileñas —asediadas por el endeudamiento, los bajos salarios y la precariedad laboral— creó las condiciones para que Flávio Bolsonaro ganara la primera vuelta y obtuviera nada menos que el 48,2% de los votos en la segunda. Todo esto, a pesar de que su padre, Jair Bolsonaro, protagonista fundamental de la intentona golpista posterior a las elecciones de 2022, se encontraba preso. ¿Podemos, acaso, pasar por alto que Michel Temer y Geraldo Alckmin, vicepresidentes de Dilma Rousseff y Lula, respectivamente, fueron partícipes del golpe de Estado de 2016? Fue justamente Temer quien implementó la reforma laboral cuyas consecuencias siguen padeciendo hasta hoy los trabajadores brasileños.

Si hubo algo que revirtió el curso del proceso electoral brasileño y reordenó el debate político del país, colocando las reivindicaciones obreras y populares en el centro del debate electoral, fue la irrupción de las masas, especialmente de la juventud. De hecho, la defensa de las concesiones arrancadas y la lucha por todas las reivindicaciones pendientes —en momentos donde se recrudecen las presiones para que Lula adopte una política de ajuste fiscal con Alckmin o Fonteles como ministros de Hacienda– plantea reforzar ese cuadro de movilización popular. Pero es precisamente a esto, a la intervención obrera y popular, a lo que el peronismo le rehuye como a la peste aquí en la Argentina. Es que la movilización pone en jaque los avances contra los trabajadores que el gobierno de Milei conquistó para las patronales y que el peronismo no quiere poner en riesgo. También amenaza la “gobernabilidad” necesaria para mantener aplastados a los trabajadores en las provincias donde gobierna el PJ, un objetivo central de los gobernadores peronistas, comenzando por Kicillof.

Por el contrario, la tarea de la izquierda obrera y socialista es apoyarse en el legítimo entusiasmo que despertó la derrota del bolsonarismo en Brasil, así como en la rebelión de los jóvenes y trabajadores de Europa, para impulsar una perspectiva de lucha e independiente: la huelga general hasta echar a Milei y a todos sus cómplices. Junto con ello, en oposición a las “salidas” devaluacionistas y patronales que pregonan sectores de la propia derecha y el peronismo, es necesario explicar y propagandizar un programa económico y político de la clase obrera.

Brasil: Bolsonaro es Corina Machado
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Derrotado y fugitivo. Un golpe a Trump, Milei y la ultraderecha internacional. -
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