La Doctrina Social de la Iglesia es una herramienta contra los trabajadores en defensa del capital desde León XIII a Juan Grabois
A propósito de la visita de León XIV.
Cuando Roberto Prevost fue ungido papa a la muerte de Jorge Bergoglio y decidió adoptar el nombre de León XIV, la progresía respiró aliviada. Prevost se postulaba como una continuidad de Bergoglio y opuesto al papa de la derecha, Ratzinger. Es que Prevost se declaró así un sucesor de León XIII, el padre de la Doctrina Social de la Iglesia, la cual fue y es el sostén teórico esgrimido por gobiernos y corrientes capitalistas para “humanizar” el capital, es decir, la explotación del hombre por el hombre, utilizando el papel regulador, arbitral y represivo del Estado… de los capitalistas.
Prevost asumió su papado en el cuadro de una profundización de la crisis capitalista que se manifiesta en una inestabilidad política acelerada con una desintegración de las fuerzas políticas dominantes; con un aumento de las manifestaciones bárbaras como son las hambrunas, el drama de la migración, la destrucción del ambiente y el derrumbe sanitario; con un creciente guerrismo que se postula como la salida a esta crisis. Todo lo cual actúa como un enorme acicate de la lucha de clases.
Prevost llegó a América del Sur, desde la Europa envuelta en la guerra de Ucrania, de las puebladas en medio continente -incluida Italia, donde está Vaticano. Cuando el Papa aterrizó en Montevideo celebró estar en una “América sin guerras” (pero debió decir dominada por la guerra comercial –por ahora– entre Estados Unidos y China), no pudo decir lo mismo sobre la “paz social”: a no tantos kilómetros una pueblada del pueblo paraguayo obligaba a que le rechazaran la renuncia a Santiago Peña –hasta hace unos días presidente del país-, lo terminaran destituyendo y decretándole la prisión domiciliaria, que una movilización popular en la casa del “detenido” obligó a concretarse en una dependencia militar. Antes que esto estuvieron las multitudinarias movilizaciones en Brasil que convirtieron a Flávio Bolsonaro de ganador de la primera vuelta en prófugo de la justicia.
León XIII la tenía clara
Toda esta referencia a la situación en que se desenvuelve el papado de León XIV viene a cuento porque cuando León XIII -Gioacchino Vincenzo Raffaele Luigi Pecci- escribió su encíclica Rerum Novarum el 15 de mayo de 1891 fue “derecho y al hueso”. En el primer párrafo definió su preocupación: “Despertado el prurito revolucionario que desde hace ya tiempo agita a los pueblos, era de esperar que el afán de cambiarlo todo llegara un día a derramarse desde el campo de la política al terreno, con él colindante, de la economía”. La preocupación de Pecci estaba dominada por acontecimientos decisivos de la intervención de las masas que mostraban un “prurito revolucionario” despierto: en 1871 había sucedido la Comuna de París, las luchas obreras contra la explotación descontrolada arreciaban, estaban frescas las huelgas de mayo de 1886 en Estados Unidos, y en 1889 Engels fundaba la II Internacional que mostraba el desarrollo que iban adquiriendo las ideas del socialismo. Por eso, a paso seguido –en los puntos 1 y 2 de la encíclica- Pecci va de lleno contra el socialismo -Milei no inventó nada en este mundo-: “Para solucionar este mal (el de los "excesos" de los capitalistas), los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes y administrados por las personas que rigen el municipio o gobiernan la nación”, los socialistas, según Pecci, eran “hombres turbulentos y astutos para torcer el juicio de la verdad y para incitar sediciosamente a las turbas”.
La encíclica de León XIII planteaba que los derechos de los trabajadores debían ser considerados “derechos naturales”, es decir, independientes de los que las leyes o reglamentos de los países o lugares dispusieran. La Iglesia, partiendo del peligro por el despertar de las tendencias revolucionarias, llamaba a que el capitalismo, vía el Estado, se autorregulara para proteger los que se consideraban derechos naturales, como acceder a un “ingreso justo”, o determinadas demandas –“conseguir lo necesario para la comida y el vestido; y por ello, merced al trabajo aportado, adquiere un verdadero y perfecto derecho no sólo a exigir el salario, sino también para emplearlo a su gusto”-, que “humanizara” la organización social que se basa en “los que aportan el capital y los que ponen el trabajo”.
Pecci no pretendió cuestionar el origen del capital, ni las relaciones sociales que llevan a su creación bajo el capitalismo, porque la preocupación de él se concentró en que este sea cuestionado por el “prurito revolucionario” creciente, que el marxismo no solo había fundamentado y documentado sino que además estaba organizando.
Las referencias a la defensa de la propiedad privada –notoriamente ligada a la de los medios de producción, por eso habla de “capital” y “trabajo” como un antagonismo- que aborda la encíclica son el eje del documento (“El que Dios haya dado la tierra para usufructuarla y disfrutarla a la totalidad del género humano no puede oponerse en modo alguno a la propiedad privada”, citas bíblicas: “No desearás la mujer de tu prójimo; ni la casa, ni el campo, ni la esclava, ni el buey, ni el asno, ni nada de lo que es suyo”), incluso las invocaciones a la defensa de la familia como la unidad social más importante están colocadas en la perdurabilidad de la propiedad privada: “Por tanto, es necesario que ese derecho de dominio atribuido por la naturaleza a cada persona, según hemos demostrado, sea transferido al hombre en cuanto cabeza de la familia; más aún, ese derecho es tanto más firme cuanto la persona abarca más en la sociedad doméstica”. Si de algo no se lo puede acusar a Pecci es de usar eufemismos o subterfugios. La encíclica en general no podría ser catalogada como parte de una “batalla cultural” o “ideológica” sino como la necesidad de tomar los recaudos para que los “excesos” de la avaricia de algunos capitalistas no se llevaran puesto a todo el régimen, al que había que defender como razón central de ser de la Iglesia.
Por eso Pecci aboga por la necesidad de organizar a los trabajadores (los “gremios de artesanos han desaparecido”, dice) desde el propio Estado, dar lugar la creación de sindicatos que tuvieron como eje la “armonización” y sirvieran para presionar en uno y otro sentido, es decir, el Estado (capitalista) como árbitro. A su vez, la Iglesia entendió esta orientación también como una disputa con los sindicatos que se organizaban al calor de sus reclamos. En Argentina, el padre Grote, en 1892, unos meses después de la Rerum Novarum, fundó la Federación de Círculos Católicos de Obreros para disputar con la acción de los socialistas y anarquistas.
Los marxistas frente a la encíclica de León XIII
Cuando se conoció la encíclica Rerum Novarum, el movimiento socialista internacional -encabezado entonces por la Segunda Internacional, teóricos como Friedrich Engels, Karl Kautsky y los partidos obreros de masas en Europa- no vio en el documento un gesto de genuina justicia, sino una maniobra política defensiva y reaccionaria de la Iglesia católica ante el avance incontenible de la conciencia de clase del proletariado.
Argumentaban que la explotación no surgía de una "falta de moral" de los empresarios individuales -como sostenía la Iglesia-, sino de la estructura misma del modo de producción capitalista, basada en la extracción de plusvalía. Por lo tanto, apelar a la caridad y a la justicia patronal era un intento iluso y funcional al capital para adormilar la energía revolucionaria de los trabajadores y evitar la expropiación de los explotadores.
Señalaban que la DSI concibe al Estado como un ente por encima de las clases sociales, cuyo deber es intervenir paternalmente para arbitrar los conflictos y proteger al débil, cuando el Estado capitalista es la dictadura del capital, un aparato de violencia de clase destinado a garantizar la reproducción del capital, por lo tanto, imposible de reformar.
Una conclusión inevitable que emerge, y que tiene una enorme vigencia, es que las ideas, las concesiones que dieron los gobiernos a los reclamos de los trabajadores son el producto de las luchas revolucionarias, como lo muestra que toda la espina dorsal del pensamiento reformista es una respuesta al avance del comunismo.
La DSI en Argentina
La encíclica Rerum Novarum fue complementada por otras posteriores –muchas de ellas de Juan Pablo II- donde se profundizó sobre la defensa de la familia, el sometimiento de la mujer, el papel de la Iglesia Católica y su doctrina. En 2004, Wojtyła pidió se publicara un Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, donde se compilaron todas las disposiciones y encíclicas sobre el tema; a partir de allí, el compendio pasó a ser la versión oficial de la DSI.
Allí se ve cómo la Iglesia fue “aggiornándose” de acuerdo a las necesidades que la defensa de la “propiedad privada” reclamaba, siendo la propia Iglesia parte activa en el desenvolvimiento de las corrientes e intereses –materiales- que dividen a la propia burguesía y, sobre todo, en su alianza con el imperialismo y el capital financiero internacional –incluso en el seno de su propio Estado vaticano, en 1982 se produjo el escándalo del Banco Ambrosiano, uno de los mayores fraudes financieros y políticos de la historia de Italia, un agujero de más de 1.300 millones de dólares y la misteriosa muerte de su presidente.
Bajo la DSI se produjeron dos guerras mundiales, nacieron el fascismo, el nazismo y el franquismo, todo a un tiro de la Basílica de San Pedro, también se produjo la revolución de octubre del 17 en Rusia y todos los grandes levantamientos populares, revoluciones, etc. que pusieron de manifiesto que el problema no son los excesos sino el capitalismo.
Pero es claro que la DSI ha jugado un papel importante en desviar y obstaculizar un desenvolvimiento de la organización independiente los trabajadores, y que cumple una función de contención y desvío político de las luchas obreras.
En Argentina la Doctrina Social de la Iglesia no es una pieza de museo teológica, sino un insumo ideológico viviente y reivindicado sistemáticamente por el peronismo histórico y por sectores de la autodenominada izquierda popular y reformista. Perón la tomó como base para estructurar su doctrina de la "Comunidad Organizada" y la "Justicia Social". El objetivo político era subordinar las demandas independientes de la clase obrera a la conciliación de clases bajo el arbitraje del Estado, canalizando la bronca popular hacia los carriles de la democracia burguesa y el capitalismo nacional regulado. La propia evolución y crisis del peronismo revelan las dificultades e incapacidad de la burguesía nacional para desenvolver sus propios objetivos en una asociación “armónica” con los trabajadores en el marco del desarrollo de la crisis capitalista, del predominio del imperialismo y el capital financiero internacional.
De León XIII a Juan Grabois
En estos días se conoció que Juan Grabois presentó las “Perspectivas estratégicas para el Desarrollo Humano Integral de la Argentina”, un programa que Patria Grande ofreció a Kicillof públicamente. El programa merece una crítica más extensa y particular, pero hay que destacar que, como dice Itai Hagman en el prólogo, está basado en la DSI; la propia fundación que lo elaboró se llama “Fundación para el Desarrollo Humano Integral”. Algo que no lo diferencia ni siquiera de Patricia Bullrich, que en septiembre de 2023, como candidata presidencial, afirmó que su espacio proyectaba un “sistema integral enfocado en el ser humano y su bienestar bajo una filosofía particular”, algo que no supo explicar y nadie entendió, pero que evidentemente contemplaba ir a fondo en la represión contra los reclamos y luchas como demostró unos meses después.
En esencia, el Plan de Grabois y su Fundación reivindican explícitamente conceptos centrales de la encíclica social de la Iglesia (y de manera muy marcada el pontificado del papa Francisco, profundamente influenciado por esta tradición). También apela a medidas de enunciadas por León XIV. En terrenos fundamentales para los trabajadores argentinos las medidas que proponen están atadas a la misma filosofía de “contención”. Por ejemplo, en el terreno de los derechos laborales, su propuesta contempla (enunciamos acá solo algunos títulos) en una reforma laboral: “ampliación del sistema de protección social y avance en la garantía de derechos de la economía popular”; ingreso: “Se trata de que el Estado garantice a cada persona un ingreso mínimo, equivalente por lo menos al monto de la Canasta Básica Alimentaria de un adulto”; subsidios a las Pymes; mantener el dominio del Estado en la resolución de convenios colectivos; “Fortalecimiento del Consejo Nacional del Empleo, la Productividad y el Salario Mínimo Vital y Móvil”, dominado por el Estado patronal y las cámaras empresarias; un Salario Social Complementario para los trabajadores informales y de la economía popular, la defensa de la pequeña propiedad, el cooperativismo autogestionado y la "Tierra, Techo y Trabajo" (las tres "T" del papa Francisco), la apelación a la intervención de un Estado fuerte que redistribuya la renta mediante impuestos a los grandes capitales, pero sin disolver las relaciones sociales de producción capitalistas; etc., etc. Todo esto sin cuestionar el carácter de clase del Estado.
Pero todo esto que para Grabois sería un “humanismo integral”, aunque no pase de una maniobra de contención, basado en la DSI para controlar los “excesos” del capitalismo salvaje, no podría ser cumplido. Pero, además, Grabois pretende que el programa lo cumpla Kicillof, que descuenta los días de huelga a los docentes que reclaman contra el congelamiento salarial, o finge demencia frente a los reclamos de los obreros de Fate para que se reabra la empresa, colocándose del lado del “salvaje” Madanes, o que viaja a Nueva York a asegurarles a los fondos buitre que va a hacer honor a la deuda usuraria.
Grabois también está aggiornado, por eso el programa de Patria Grande y su fundación humanista deja intacta la piedra basal de la mayor crisis “humanitaria” que vive nuestro pueblo por cumplir la alianza con el capital financiero. Esto nos proponen los humanistas sobre la deuda externa: “Por eso, la negociación con el FMI, el refinanciamiento responsable con los acreedores privados y la acumulación de reservas deben articularse con un esquema de estabilización, consistencia fiscal y monetaria, recuperación de ingresos y transformación productiva”. Todo dicho.



Eduardo Salas
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