Políticas

5/8/2026

Los "grilletes" del Banco Central para pagar la deuda

Del "robo" kirchnerista al shut-down de Milei, ¿por qué todos los gobiernos fracasan en "preservar el valor de la moneda"?

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Un acting para mendigar otro rescate financiero.

Todo el circo que montó Milei alrededor de la presentación del proyecto de reforma de la carta orgánica del Banco Central tiene un mérito: poner al descubierto el denominador común del fracaso de todos los gobiernos en "preservar el valor de la moneda". Del "robo" kirchnerista al "grillete fiscal", los intentos por pagar la deuda externa impagable hundieron al país en una espiral de devaluaciones permanentes. Otra vez, los liberfachos no tienen nada de original; todo el acting es apenas otro recurso para tratar de abrir alguna puerta al mercado de crédito internacional y refinanciar los vencimientos. Eso, a costa de defaultear universidades y hospitales.

El discurso oficial es un fraude, pero permite algunas reflexiones.

Robo para la corona

Un mérito de la propaganda de Milei es que deja en claro los pilares innegociables del Estado: la represión y la sumisión al capital financiero internacional. Pero el punto es que, mal que le pese, la inviabilidad del saqueo del país no se resuelve con una ley de ajuste fiscal.

Sin ir más lejos, habla de "blindaje" en un país donde el plan del FMI que llevó ese nombre multiplicó la deuda y terminó en el default de 2001, después de haber aplicado una suerte de shut-down contra los trabajadores con recortes del 13% sobre salarios públicos y jubilaciones, disponer el arancelamiento de universidades, entre otros ataques. Esa deuda fraudulenta y defaulteada es la que pretendió rescatar el kirchnerismo en el poder.

Fue para eso que años más tarde el gobierno de Néstor Kirchner manoteó casi 10.000 millones de dólares de las reservas del Banco Central para pagarle en efectivo al Fondo Monetario, a cambio de enchufarle Letras Intransferibles. Y después se perpetró el "robo" de Marcó Del Pont que denunció Milei, con la creación del Fondo del Bicentenario, que no fue otra cosa que una garantía para que ingresaran al canje los fondos buitre que no habían entrado en la reestructuración de deuda del 2005 de Kirchner y Lavagna.

Al mismo tiempo, vetaban la ley del 82% móvil para los jubilados. Moraleja 1: lo del "desendeudamiento" K es un verso. Moraleja 2: si el robo fue a los trabajadores para rescatar a los usureros que habían llevado el país a la quiebra, el shut-down habría que aplicárselo al FMI y los especuladores.

Un dato de color en este sentido es el tragicómico discurso de terminar con la "corrupción de la alta política" mediante la supuesta independencia del Banco Central, donde decidieron poner a Santiago Bausili incluso antes que fuera beneficiado en la causa judicial que afronta por "negociaciones incompatibles con la función pública". Es que durante el gobierno de Macri, cuando era secretario de Finanzas del mismo ministro Caputo, se reunía en privado con sus empleadores del Deutsche Bank que cobraban millonarias comisiones como intermediarios del fenomenal endeudamiento público. Todos roban para Wall Street.

Las crisis de deuda no son una cuestión de voluntad de pago, ni se evitan con una ley de "grillete fiscal" (trucho, como vamos a ver), sino de la magnitud de la estafa que significa para el país. Para preservar el valor de la moneda la primera medida elemental es repudiar el pago de la deuda externa fraudulenta, que es una de las vías principales de la fuga de capitales.

Si no, veamos lo que pasa con la política económica libertaria.

¿No se emite más?

Toda la reforma de la carta orgánica es una estafa. En primer lugar, porque lo que se presenta como el fin de la emisión monetaria y las atribuciones discrecionales del Estado en realidad refuerza el intervencionismo del Banco Central para sostener la bicicleta financiera, alimentando una bomba de tiempo inflacionaria y devaluatoria.

De movida, se plantea como garantía de estabilidad la compra de divisas por parte del BCRA, lo cual en este caso equivale a la emisión más parasitaria de todas. Al comprar dólares para las reservas, el Central inyecta pesos a la circulación. Los dólares se van en pagos de deuda, mientras los pesos son reabsorbidos por el Tesoro con emisión de deuda. Tarde o temprano, el resultado es el mismo de siempre.

En el año el BCRA compró 13.300 millones de dólares, de los cuales unos 9.100 millones se fueron en vencimientos de deuda (entre pagos del Tesoro y la cancelación del Bopreal), según su último Informe de Evolución del Mercado de Cambios. Es decir que apenas uno de cada cuatro dólares comprados queda en las reservas. A la vez, eso significó una emisión de 18,6 billones de pesos, que tuvieron que ser aspirados por el Tesoro, cuyo stock de deuda tuvo en el mismo período un salto nominal de 48,3 billones... casi ocho veces el supuesto superávit fiscal primario del primer semestre.

Esa deuda que crece como bola de nieve -capitalizando intereses, con indexación al dólar o la inflación- es una promesa de emisión gigantesca. Es una bomba cuya activación no depende del Banco Central, sino de los bancos privados. Por más que Caputo esté ofreciendo canjes con bonos que vencen después de las elecciones del año que viene, si la banca percibe que el esquema ya no es sostenible va a salir a vender en masa los títulos públicos que tiene en su poder.

Son todas las condiciones para desatar una corrida ante la inminencia de una devaluación o la perspectiva de derrota electoral de Milei, que obligaría al gobierno a recurrir al Banco Central para salir a comprar esos bonos, con el fin de evitar el derrumbe de su cotización y el cierre de todo financiamiento al Tesoro. Sería una emisión monetaria monumental.

No son suspicacias. Ahora dicen que van a prohibir las transferencias de utilidades del Central para financiar al Tesoro, pero llevan 36,4 billones de pesos girados mediante ese mecanismo, fundamentalmente para cancelación de deuda -según cálculos de Cepa.

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Estatismo libertario

Contra el discurso oficial, toda la reforma apunta a ampliar la intervención del BCRA en el mercado financiero, para sostener artificialmente el precio de los bonos y del dólar. Es un esquema que subsiste atado con los alambres del Estado.

Mientras el gobierno presenta este proyecto, el Banco Central interviene para contener el tipo de cambio, a través de los contratos de dólar futuro y mediante la venta de bonos linkeados al dólar (que, como acabamos de ver, alimentan la corrida futura). Además, si puede comprar dólares no es porque haya oferta genuina sino porque mantiene la normativa del cepo cambiario que obliga a empresas y provincias que se endeudan en moneda extranjera a liquidar las divisas en el mercado oficial.

Eso por no mencionar que, aunque se jacta de haber limpiado el pasivo del banco, necesitó el endeudamiento carísimo del repo con bancos internacionales para pagar los vencimientos de deuda.

La dependencia de esa intervención expresa un problema de fondo. No es un tema de escasez de oferta de dólares, sino también de que "no hay demanda pesos". ¿Qué quiere decir eso? Que no hay inversión, sino una constante descapitalización del país.

Es lo que expresa la aceleración de la fuga de capitales. En números, tenemos que solo en junio el giro de dividendos al exterior por parte de las empresas superó los 1.000 millones de dólares, y la compra de billetes por las personas fue mayor a 2.400 millones. Está clarito por qué en Argentina no existe un mercado de capitales.

Así, el motivo por el cual todo peso en circulación genera presión devaluatoria es que nadie invierte un mango. Si la emisión monetaria fuera para atender la demanda de inversión eso generaría más valor y no tendría necesariamente consecuencias inflacionarias ni devaluatorias. Pero el gobierno, que apalanca todo este esquema financiero parasitario, promueve de esa manera la recesión: el endeudamiento del Tesoro empuja las tasas de interés de los créditos a niveles prohibitivos, porque los bancos le prestan al Estado en lugar de empresas y familias cuya morosidad se disparó.

Eso, en un contexto de derrumbe del consumo y de tarifazos que encarecen costos, da como resultado una franca desinversión: la consultora Orlando Ferreres & Asociados estima que ésta acumula una caída de 7,6% en el primer semestre, y Fundar destaca que en el primer trimestre la inversión promedió un "mínimo histórico" del 14,3% del PBI, "muy lejos del 25% necesario" para reponer el desgaste de capital.

Detrás de la constante desvalorización de la moneda nacional no hay solo un problema financiero. Es un vaciamiento productivo del país, explicación de la pérdida de competitividad argentina. Sobre esta base, no hay bicicleta financiera que pueda sostenerse por mucho tiempo. Se comprende por qué tuvo que venir al rescate otra vez el FMI.

Si se pincha el salvavidas...

Cuánto más puede aguantar esta política parasitaria depende entonces en buena medida del salvataje externo del capital financiero, ordenado sobre todo por Trump. Por eso mismo, un cambio en las condiciones internacionales tendría repercusiones directas.

Sea una derrota de Trump en las elecciones de medio término de noviembre, sea una suba de tasas de la Reserva Federal norteamericana para contener la inflación, sea por un temor al estallido de la burbuja bursátil en torno a la IA, sea por un agravamiento de la guerra; lo cierto es que un endurecimiento del cuadro externo empujaría la devaluación del peso.

Y el hecho es que, si se aplicara la reforma de la carta orgánica del BCRA que presentó Milei, quedaría en peores condiciones para hacer frente a esa situación. Es lo que pasó con la convertibilidad de los '90, con un tipo de cambio rígido (un peso = un dólar) que bloqueaba toda respuesta al efecto de las sucesivas crisis que sacudieron el orden financiero mundial: la de los tigres asiáticos, el efecto tequila en el '94, la crisis rusa del '98, devaluación brasileña en el '99, hasta llegar al estallido de la burbuja de las puntocom en 2001. El esquema se financió mediante endeudamiento y privatizaciones, a la vez que la recesión aumentaba el peso de la deuda y deprimía la recaudación. Ya sabemos cómo terminó, a pesar del "blindaje" del FMI, y quiénes pagaron los platos rotos.

En conclusión, la reforma anunciada por Milei para el Banco Central puede resumirse en aquella frase de Nicolás Avellaneda, miembro notable de la generación del ´80 con la que tanto se identifica el discurso libertario, cuando prometió exprimir hasta la última gota de sangre y sudor del pueblo argentino para honrar el pago de la deuda externa. Es ilustrativo que solo una década después de esas solemnes declaraciones ocurriera el primer gran default de la historia nacional.

Hagamos entonces nuestro propio paralelismo histórico. Como en la Revolución del Parque de 1890 o en el Argentinazo de 2001, depende de la intervención popular ponerle fin a este gobierno de saqueadores. El desafío es que, esta vez, los trabajadores podamos poner en pie una alternativa de gobierno propio, entre cuyas primeras medidas figurarán el repudio de la deuda externa fraudulenta y la nacionalización de la banca bajo control obrero.

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