11/11/2020 | 1609

Estados Unidos, hacia una transición turbulenta

Las denuncias de fraude y la judicialización de los comicios por parte de Donald Trump preanuncian una transición turbulenta en Estados Unidos, donde Joe Biden debería asumir el mando el próximo 20 de enero.

Hay un gran operativo de presión en marcha de los grandes medios y sectores de la clase capitalista para que Trump admita la derrota y posibilite una transición ordenada, pero el magnate se resiste y no descarta recurrir a la Corte Suprema. El clima álgido posterior a los comicios se comprobó en los partidarios de Trump que marcharon con rifles y armas cortas hacia algunos centros de recuento. Mientras tanto, Andrew Bates, vocero de Biden, declaraba que “el gobierno de Estados Unidos es perfectamente capaz de desalojar a los intrusos de la Casa Blanca” (La Nación, 9/11).

A pesar de que algunas figuras del Partido Republicano, como el expresidente George Bush y el excandidato presidencial Mitt Romney, felicitaron a Biden por su triunfo, Trump todavía cuenta con el respaldo de un sector importante del partido. El jefe del Senado, Mitch McConell, defendió el derecho de Trump a las impugnaciones.

La transición podría quedar empantanada como mínimo hasta el 14 de diciembre, cuando se reúna el Colegio Electoral (encargado de elegir al nuevo presidente), si la Administración de Servicios Generales (liderada por una funcionaria trumpista) no emite previamente una declaración que reconozca a Biden como ganador y permita que los equipos de ambos mandatarios puedan iniciar el traspaso.

Los analistas recuerdan pocos antecedentes de una transición tan conflictiva. Las elecciones norteamericanas han sido el síntoma de una gran crisis política.

Biden también

Aunque Biden lograra encarrilar el traspaso, su gobierno contará con una mayoría estrecha en la Cámara de Representantes y no tiene asegurado el control del Senado, cuya composición se terminará de definir en las elecciones de desempate de enero en Georgia. Ganando allí, Biden apenas alcanzaría la misma cantidad de escaños que los republicanos y debería recurrir al voto de desempate de la futura vicepresidenta y titular del cuerpo, la senadora Kamala Harris. Biden también tendrá en contra la Corte Suprema, donde los republicanos han logrado imponer una mayoría afín.

Este panorama le puede complicar a Biden tanto las designaciones del gabinete, que el Senado debe convalidar, como cualquier tentativa de aprobar proyectos que disgusten a los republicanos, por ejemplo, la reversión de ciertas eximiciones impositivas a empresas por parte del gobierno de Trump.

Biden deberá apelar durante su mandato a acuerdos con los republicanos o bien gobernar por decreto -es decir, el mismo método al que ha recurrido el vilipendiado Trump, que tiene a la Cámara de Representantes en contra. En este sentido, algunos medios indican que Biden prepara una primera batería de decretos con los que buscará diferenciarse de su predecesor (regreso a la OMS y al Acuerdo de París, entre otros).

Biden continuará, en cambio, la línea de confrontación con China, un asunto estratégico. El reforzamiento del militarismo y la guerra comercial responden a una tendencia de fondo de la burguesía norteamericana. Hay menos precisiones respecto de otras cuestiones de la agenda exterior, pero sí un dato altamente ilustrativo: se mantendrá la Embajada en Jerusalén y el reconocimiento de la soberanía israelí sobre los altos del Golán, y con ello, la alianza con el sionismo que masacra al pueblo palestino.

 

 

La crisis

Biden hereda las tres problemáticas que marcaron el último período de Trump: la pandemia, la crisis capitalista y una rebelión popular que cedió ante los comicios pero que continúa latente.

El Covid-19, que ya se cobró más de 230 mil vidas en Estados Unidos, ingresa en una nueva etapa crítica por el invierno y las fiestas. Incluso si se aprueba, la vacuna no estará disponible hasta dentro de varios meses. Albert Ko, un investigador de la universidad de Yale, asegura que “podríamos ver otras 100.000 muertes para enero” (ídem, 10/11). Trump tiene una enorme responsabilidad en el desmadre sanitario que ha vivido Estados Unidos, pero no debemos olvidar que los gobernadores demócratas también han privilegiado los intereses empresarios por sobre la salud de las masas, evitando las medidas de aislamiento necesarias.

En cuanto a la situación económica, el repunte económico del 7,4% del tercer trimestre no compensa el derrumbe del período precedente. De acuerdo con datos del economista Michael Roberts, “el PIB real de Estados Unidos sólo se ha recuperado hasta niveles cercanos al punto más bajo de la última caída de la Gran Recesión de 2008-2009. Y de los más de 22 millones de puestos de trabajo perdidos en marzo y abril durante los cierres, hasta ahora solo se han recuperado alrededor de 11,3 millones” (Sin Permiso, 7/11).

Biden promueve una reactivación económica por medio de un mayor gasto público, que compense la falta de inversión privada. Pero ese gasto público no sería suficiente para impulsar una recuperación de fondo y encuentra un enorme obstáculo en la deuda, que equivaldrá a casi el 110% del PBI cuando asuma el nuevo presidente. El ya citado Roberts afirma que “a medida que aumente la deuda pública y el coste de su servicio, aumentará la presión sobre la administración de Biden para ‘equilibrar el presupuesto’, frenar los planes de gasto y/o aplicar más aumentos de impuestos en general” (ídem). Sobre este último punto, recordemos que la composición del Congreso le hará difícil al nuevo presidente avanzar en ciertos cambios tributarios. En el Senado, la bancada republicana que podría llegar a retener una mayoría en dicha Cámara, viene defendiendo una línea de austeridad, incluso frente a ciertos reclamos del propio Trump. Por lo pronto, los anuncios de Biden de gravar con tasas más elevadas los altos ingresos chocan con esa barrera. El hecho de que el Partido Demócrata quizá no concentre la mayoría en las dos cámaras es bien visto por Wall Street y los mercados, pues ayuda a marcarle la cancha al gobierno de entrada y evitar que prosperen medidas que puedan lesionar los intereses corporativos y de los grandes capitalistas.

La rebelión popular que estalló en mayo, tras el crimen de George Floyd, también operará como un condicionante del gobierno de Biden. Muchos de los que se movilizaron han votado por él, pero más que nada para sacarse a Trump de encima. Biden no suscita un entusiasmo popular y las demandas contra la represión y por mejores condiciones de vida están llamadas a reemerger bajo su mandato.

En resumen, Biden deberá pilotear una profunda crisis.

La izquierda demócrata se adaptó a la candidatura conservadora de Biden y ha jugado un rol decisivo para enchalecar a una importante franja de trabajadores y movimientos de lucha dentro de dicho partido. Los límites insalvables de esta política van a quedar rápidamente expuestos en el marco de esta transición convulsiva que se inicia. La enorme crisis norteamericana requiere el desarrollo de una fuerza independiente de los trabajadores.

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