Opinión
15/9/2026
IA y educación: ¿rivales, socios o expresión de la crisis mundial?
El contraste de los resultados de Pisa con el avance tecnológico.
Seguir
La semana pasada salieron a la luz los resultados de las últimas pruebas estandarizadas Pisa, los cuales muestran un fuerte retroceso de la mayoría de los países del mundo -exceptuando algunos países, en su mayoría orientales- en su rendimiento académico en áreas principales como comprensión lectora, matemática y ciencias. El promedio de los países de la OCDE alcanzó sus niveles históricos más bajos en las tres áreas, aunque la caída reciente fue especialmente pronunciada en lectura y matemática.
Ese mismo día, OpenAI publicó un trabajo en el que asegura haber resuelto el problema de existencia y regularidad de las ecuaciones de Navier-Stokes, uno de los siete Problemas del Milenio planteados por el Clay Mathematics Institute. De ser correcta la resolución de este problema, se trata de un hito histórico en la ciencia.
Contraste
El contraste de los resultados de Pisa con el avance tecnológico de las IAs marca una contradicción. Si las empresas están avanzando en la carrera tecnológica a pasos agigantados, ¿por qué eso no se refleja en el rendimiento académico? Y más aún, ¿por qué este va en sentido contrario?
En Singapur, que se mantiene entre los sistemas educativos de mejor rendimiento del mundo, el 66% de los estudiantes utiliza IA al menos semanalmente para aprender. En las regiones chinas evaluadas, que también se ubican a la cabeza de Pisa, ese porcentaje ronda el 41%. Sin embargo, en Argentina los resultados de Pisa fueron muy malos pero solamente el 10% de los alumnos argentinos respondió que nunca o casi nunca utiliza inteligencia artificial para ninguna de las actividades escolares. Se muestra así que la relación entre el uso de la IA en educación y el rendimiento académico es mucho más difícil de medir de lo que parece.
Para un análisis correcto tenemos que partir del hecho de que la IA ya está presente en las aulas: las que rankean bien en Pisa y las que no. Esta incursión se da tanto en el proceso de enseñanza y aprendizaje como en la producción de materiales -ya sea de docentes como de alumnos. Este dato convierte en poco realista la posición de quienes plantean la prohibición de la IA en el aula y, al mismo tiempo, pone en evidencia la farsa del discurso de un sector empresarial y político que defienden reemplazar la educación presencial -y humana- por la educación virtual y basada en IA.
La propia OCDE reconoce que una herramienta no reemplaza el proceso de aprendizaje. Una calculadora resuelve una cuenta complicada en segundos, Google nos da acceso a millones de libros gratuitos, ChatGPT puede resumir la Revolución Francesa en un minuto, pero eso no significa que un usuario de estas herramientas haya aprendido álgebra, escritura o historia. Justamente el problema educativo consiste y perdura en lograr que nuestra sociedad logre esa apropiación del conocimiento y la utilización del mismo para el progreso de la humanidad.

La contradicción
A lo largo de los años el capitalismo logró un desarrollo extraordinario de las fuerzas productivas y, particularmente, de la capacidad científica y tecnológica. En el caso mencionado, OpenAI dispuso simultáneamente de 10.000 agentes artificiales, enormes centros de cómputo y una infraestructura cuyo costo está fuera del alcance de cualquier universidad o escuela del planeta.
Al mismo tiempo, en la sociedad una parte creciente de los jóvenes no logra apropiarse siquiera de los conocimientos científicos básicos ya acumulados por la humanidad. No estamos entonces ante una contradicción tecnológica sino política y social.
En los últimos días esta contradicción adquirió incluso una manifestación explícita dentro de la propia carrera tecnológica. Dario Amodei, CEO de Anthropic -la empresa que desarrolla Claude-, llamó a desacelerar el desarrollo de los modelos de frontera, incorporar evaluadores externos y establecer estándares comunes de seguridad. Sam Altman, de OpenAI, y Elon Musk respaldaron públicamente el planteo. Trump respondió rechazando cualquier desaceleración que pudiera hacer perder terreno a Estados Unidos frente a China: “quien gane la IA, gana”.
Es decir, hasta los propios empresarios que encabezan esta carrera advierten sobre los riesgos de su velocidad, pero la competencia entre potencias y empresas empuja en sentido contrario.
La cuestión de fondo no reside simplemente en que los Estados intervengan más o menos. Incluso allí donde existen regulaciones -como en China- la infraestructura, los modelos y la capacidad de cómputo continúan concentrados en un grupo reducido de empresas privadas que acumulan un poder económico, tecnológico y político extraordinario.
La fuente de ese poder, sin embargo, no surgió de la nada. Las inteligencias artificiales se alimentan de décadas -y en muchos casos siglos- de producción científica, artística, cultural y técnica de toda la humanidad. Millones de libros, artículos, imágenes, programas, investigaciones y producciones humanas forman parte directa o indirectamente de su desarrollo. La sociedad produce el conocimiento, mientras un puñado de empresas concentra la infraestructura capaz de procesarlo y apropiarse económicamente de sus resultados.
La carrera tecnológica convierte así una producción histórica y social del conocimiento en una fuente creciente de apropiación privada.
Los gobiernos que incentivan una carrera entre corporaciones por desarrollar el próximo modelo de inteligencia artificial, a su vez sostienen sistemas educativos atravesados por el ajuste presupuestario, salarios docentes deteriorados, problemas de infraestructura y desigualdades sociales cada vez mayores.
En Argentina el gobierno de Milei se jacta del desarrollo de las IAs como avance social. Sin ir más lejos, la base fundamental del personaje presidencial construido por La Libertad Avanza se trata de IA: imágenes heroicas y épicas, retoques de aspecto y rejuvenecimiento, discursos repetitivos y aduladores. Mientras tanto, tres de cada cuatro adolescentes argentinos no alcanzan el nivel básico de matemática, el gobierno incumple la Ley de Financiamiento Universitario y la educación sufre uno de los ajustes y el deterioro más importantes de la historia.
Esto demuestra el fracaso de todos los que gobernaron y gobiernan en materia educativa. No fracasó la sociedad: fracasaron los que la condujeron hacia este abismo educativo.

Conclusiones
La pregunta acerca de si la inteligencia artificial y la educación son rivales o socios está entonces mal planteada, si antes no preguntamos primero educación para quién, tecnología controlada y financiada por quiénes, y desarrollo científico con qué objetivos.
Se trata de decidir si los enormes avances científicos y tecnológicos de nuestra época van a continuar subordinados a una carrera entre un puñado de empresas por conquistar mercados o si pueden ponerse al servicio de la sociedad para ampliar el conocimiento y las capacidades del conjunto de la población.
Por eso la defensa de la educación pública y la incorporación crítica de la inteligencia artificial no son objetivos contrapuestos. La tarea es exigir salarios y condiciones laborales que permitan enseñar, presupuesto para escuelas, universidades y ciencia, formación docente y acceso universal a las nuevas tecnologías, así como también discutir quién controla esas herramientas y con qué fines.




