25/06/2021
Dólar

De la pax cambiaria a las chances de una nueva corrida

La crisis de la estrategia oficial, que de por sí tiene un costo usurario para el país.

El dólar blue cruzó la barrera de los 170 pesos y se encamina a cerrar junio con un alza mensual en torno al 10%. El precio internacional de la soja recortó una parte importante de los picos históricos que había alcanzado. La bolsa porteña y las acciones de las compañías argentinas que cotizan en Wall Street registran fuertes bajas, tras el descenso del país en los índices del mercado financiero internacional. Luego del «alivio» oficial por el compromiso arribado con el Club de París, los voceros del FMI lo celebraron pero dejando clarito que ellos sí cobrarán los casi 5.000 millones de dólares que vencen en el próximo semestre. Con este panorama, el sostenimiento de la pax cambiaria durante el proceso electoral no está resuelto; pero incluso la política del gobierno para lograrlo es una losa para la economía y un mazazo a las familias trabajadoras.

Para desestimar las posibilidades de una corrida, los funcionarios alegan que el Banco Central viene recomponiendo sus reservas internacionales, aprovechando el superávit comercial derivado del boom de la soja (no dicen que también es gracias a trabar importaciones, como veremos). Pero eso es una verdad a medias, porque casi la mitad de las compras de divisas de la entidad fue consumida en el pago de intereses al Fondo Monetario y otros organismos de crédito, y en las operaciones de venta y recompra de bonos para contener la cotización paralela del dólar contado con liqui.

Justamente porque las cuentas no cierran, debió negociar con el Club de París pagar la quinta parte del vencimiento como adelanto de una reestrucuturación que deberá concretarse antes de marzo de 2022 -algo que no será gratuito, porque seguramente vuelvan a capitalizarse intereses usurarios (9% anual) y punitorios por el incumplimiento, abultando la deuda a futuro. Si no fuera por los 4.500 millones de dólares de los Derechos Especiales de Giro que emitirá el FMI, y serán utilizados íntegramente para saldar los compromisos financieros de la segunda mitad del año, el default ya sería una realidad. El aducido «poder de fuego» del Central para afrontar una corrida es muy escaso, y eso cuando está llegando a su fin la bonanza proveniente de la soja por la baja de su precio internacional y porque ya se liquidó el grueso de la cosecha.

Como adelantamos, lo que los funcionarios del gobierno ocultan es que por el precario equilibrio cambiario se está pagando un costo altísimo. En primer lugar, se mantiene un planchazo sobre las importaciones, frenando el ingreso de insumos y bienes de capital de los cuales depende la industria local, de manera que refuerzan las tendencias recesivas de la economía nacional, con su secuela de crecimiento de la desocupación.

Otro agravante de la recesión son las altísimas tasas de interés que paga el gobierno a los bancos y fondos de inversión para evitar una corrida, porque de esta manera encarecen el crédito hasta hacerlo incompatible con cualquier inversión productiva. Para evitar el pasaje de pesos a dólares el Banco Central paga una tasa de 38% en Leliq que insume el pago de 100.000 millones de pesos por mes en intereses, y para evitar la emisión monetaria se financia el déficit fiscal con deuda indexada a la inflación y se ajusta el gasto público (lo que deprime el consumo -salarios, jubilaciones- y la actividad -obra pública-). La dinámica de estas dos bolas de nieve de deuda en pesos amenaza con decantar en una avalancha.

Así las cosas, tenemos que el precio de la pax cambiaria es tan usurario que ridiculiza todas las afirmaciones de Alberto Fernández acerca de su apuesta por un capitalismo productivo. Su política económica es muy redituable para la especulación financiera, y por eso mismo un lastre para la actividad económica del país. Los platos rotos, demás está decirlo, se descargan sobre la población trabajadora.

Con todo, las presiones devaluatorias vienen por todos los frentes. A pesar de los subsidios millonarios a las petroleras por el Plan Gas, la producción sigue sin repuntar sensiblemente, y para colmo el precio de las importaciones de gas llegaron a pagarse hasta el doble del previsto por el gobierno, de manera que pasar el invierno podría llegar a requerir unos 3.000 millones de dólares (El Cronista, 21/6) -lo que a su vez mete presión por nuevos tarifazos en los servicios. Estas importaciones se pagan en dólares y por adelantado.

No es la única manifestación de cómo la huelga de inversiones presiona sobre el tipo de cambio. Lo mismo vale para el capital agrario, que viene de embolsar ganancias fabulosas. El ingreso récord de divisas no debe confundirse con un desarrollo productivo: la cosecha tanto de soja como de maíz fue menor que el año pasado (un 10% en el caso de la primera), y sobre todo cayó marcadamente la rendimiento por hectárea -incluso se redujo la superficie cultivada con soja. De esta manera, el complejo agroexportador fuerza una dólar «más competitivo» para compensar la menor productividad.

En suma, estamos ante una expresión del parasitismo del capitalismo argentino, raíz de la depreciación de la moneda nacional. La mayor expresión de ello es la fuga de capitales, que en el primer trimestre del año ascendió a unos 7.500 millones de dólares. Es a estas patronales exportadoras que el gobierno viene de flexibilizar el cepo para que puedan girar dividendos al exterior, y prepara leyes que significarán un régimen de promoción al estilo de un pacto Chevron a gran escala con la agroindustria y las petroleras.

Tampoco llegan buenas noticias del exterior. El JP Morgan cambió sus perspectivas sobre divisas y créditos en los mercados emergentes para definirlas como «bajistas», ante las chances de una suba de las tasas de la Reserva Federal de Estados Unidos (debido a la aceleración inflacionaria en ese país), lo cual desataría una estampida de capitales hacia los centros financieros y casas matrices. Si bien por el momento la entidad monetaria norteamericana desestimó tocar las tasas de interés, un agravamiento de la situación obligaría a reconsiderarlo.

Más aún, la bolsa porteña y las acciones de las empresas argentinas que cotizan en Nueva York sufrieron fuertes bajas a partir de que el país cayó de ser clasificado como «emergente» a «standalone», dos categorías más abajo, en el índice de inversión internacional más importante MSCI. Posiblemente redunde también en una nueva suba del riesgo país. Pero como fuera, el mercado bursátil de Buenos Aires expresa también la declinación de la economía nacional, ya que su capitalización es un quinto de la registrada tres años atrás y se ubica cerca de la mitad del promedio de las últimas tres décadas; las grandes compañías nacionales ni siquiera cotizan en la bolsa local, como sucede con Mercado Libre o Globant. Con tan penoso mercado de acciones, el financiamiento empresario se realiza puramente con obligaciones negociables y fideicomisos, que suelen ocultar autopréstamos de filiales en el exterior para evadir impuestos y fugar utilidades.

Es una demostración de que la burguesía nacional, para la cual gobernaron todas las formaciones políticas en las últimas décadas, es responsable del saqueo. Opera como socia menor de los pulpos multinacionales que dominan las grandes ramas de exportación, compartiendo las ganancias del drenaje de las riquezas del país. Así tenemos de tanto en tanto los reclamos desembozados de las patronales por devaluar el peso para hacer «más competitiva» la economía.

Como se ve, el gobierno nos lleva a un callejón sin salida. Llegado el caso de una devaluación, los especuladores financieros tienen aseguradas sus inversiones en letras y bonos públicos atados a la inflación, mientras que para quienes viven de su trabajo sería una nueva confiscación, cuando ya vienen siendo minados sus ingresos por la suba galopante de los precios. Indudablemente es el cuadro de creciente tensión social, en medio de una ola de rebeliones populares en América Latina, lo que también ponderan en los directorios del Fondo y el Club de París a la hora de no apretar demasiado la soga al cuello, conscientes de que podrían desatar un estallido. Sin embargo, el cobro de sus hipotecas a un país diezmado no deja mucho margen.

Solo mediante la nacionalización de la banca y el comercio exterior, el cese del pago de la deuda externa y la ruptura con el FMI, es que puede abrirse paso a una recapitalización de las reservas nacionales para invertir los recursos en un plan de desarrollo sobre nuevas bases, partiendo del interés popular y las necesidades el país. En definitiva, solo la clase obrera puede poner fin el régimen de saqueo que sostienen todos los que nos gobiernan.

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