25/10/2021
Crisis cambiaria

“Síganme, no los voy a devaluar”, o el engaño de Martín Guzmán

Sobre los dichos del ministro de Economía en un panel en el CCK.

Martín Guzmán insistió, al participar de un panel organizado por la revista Crisis este domingo, en que no habrá una brusca devaluación en Argentina. A la par, entre críticas para la tribuna, refrendó la búsqueda de un acuerdo con el FMI como orientación inamovible del gobierno, cuando el organismo presiona por reducir la brecha cambiaria y el dólar blue escala a niveles récord rozando los 200 pesos. Las inconsistencias del rumbo económico las pagamos los trabajadores.

El ministro de Economía afirmó, en un charla que brindó junto al exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis y el reciente candidato presidencial del correísmo en Ecuador Andrés Arauz, que se equivocaron quienes en plena corrida de hace un año vaticinaban una súbita depreciación del tipo de cambio «El Banco Central está acumulando reservas y tenemos superávit comercial y las exportaciones vienen creciendo. Es decir que tenemos más resiliencia y no menos en el frente externo», manifestó sobre el cuadro actual.

Lo cierto es que si el gobierno logró mantener la cotización oficial dentro de los parámetros fijados en el Presupuesto 2021 (con una devaluación inferior al 20% en lo que va del año) fue pagando el alto precio de dilapidar todo el saldo favorable de la balanza comercial, el cual se debe antes que nada al alza de los precios internacionales de la soja y otras commodities. Después de un récord histórico de liquidación de divisas por las exportaciones agrarias, el Banco Central debió ajustar el torniquete del cepo cambiario para dejar de perder reservas, tras pagar vencimientos al FMI y malvender dólares para mantener a raya las cotizaciones paralelas del billete norteamericano.

Es decir que el costo del planchazo cambiario logrado por Guzmán fue precisamente la fuga de toda la bonanza exportadora. Por eso mismo, ni siquiera tuvo como contrapartida una ralentización de la inflación, que se disparó a un 52% anual y al 56% en el caso de los precios mayoristas. Todas las tensiones que presionan sobre el tipo de cambio, empezando por la escasez de las reservas internacionales, siguen hoy condicionando la economía nacional.

Tal vez por eso el discípulo del «heterodoxo» Joseph Stiglitz evitó volver sobre la acusación de que el megacrédito del FMI al gobierno de Macri sirvió para financiar la fuga de capitales, en lugar de lo cual solo aseguró que fue «un préstamo político» para solventar la campaña electoral del macrismo. No obstante, rechazó explícitamente cualquier posibilidad de «patear el tablero» en la negociación con el Fondo y postuló que alcanzar un acuerdo es una condición indispensable de la inserción de la Argentina en el mundo. Es una clásica defensa del rol semicolonial que le cabe a nuestro país en el mercado mundial.

El motivo de evitar referirse a la fuga de capitales, raíz de la depreciación de la moneda nacional, es evidente. Tras la derrota de las Paso los anuncios oficiales se concentraron en una sumatoria de beneficios al gran capital, desde la eliminación de retenciones a las exportaciones de servicios y la Ley de Hidrocarburos que habilita a las petroleras girar dividendos al exterior, hasta la rebaja de los aportes patronales y la conversión de los programas sociales en subsidios a las empresas que tomen personal. Los choques con las alimenticias en torno al control de precios -luego de subas exorbitantes por adelantado- responden en buena medida a la perspectiva de los Funes de Rioja de arrancar a cambio mayores concesiones.

Como sea, es precisamente el saqueo protagonizado por la clase capitalista lo que puso a la Argentina en el podio de los Pandora Papers, siendo una economía infinitamente más reducida que el resto de las rankeadas. Por eso sí es cierta la afirmación de Guzmán de que «hoy el pueblo argentino está pagando (al FMI) con menos oportunidades de empleo y más inflación». La conclusión que oculta el economista de Columbia es que mientras tanto los empresarios hacen jugosos negocios, incluso en medio de una huelga de inversiones, es decir exclusivamente gracias a la intensificación de la explotación de la fuerza de trabajo. Es lo que reflejó un reciente informe del Indec, que da cuenta de un derrumbe de la participación de los salarios en el producto bruto (se redujo una quinta parte en un año).

Con todo, la defensa acérrima de un nuevo programa fondomonetarista como rumbo primordial del gobierno abre mayores interrogantes acerca de la definición de seguir con una devaluación paulatina, porque en la reciente asamblea anual del FMI y el Banco Mundial le dejaron claro a los funcionarios argentinos que viajaron a Washington -entre ellos el jefe de Gabinete, Juan Manzur- que la reducción de la brecha cambiaria es una de las condiciones; es decir que presionan por una depreciación del peso que «corrija el atraso». Algunos celebraron declaraciones de miembros del staff del organismo de crédito deslizando que podría arribarse a un acuerdo que incluya el mantenimiento del cepo, aunque haya sido poniendo como ejemplo el firmado por Islandia en 2008 que implicó un feroz ajuste fiscal.

Con la intención de encubrir esto, Guzmán sostuvo que «la austeridad fiscal, que el Estado se achique en un momento de recesión, nunca funciona y agrava la recesión». No es más que una impostura, cuando viene ejecutando un ajuste inconmovible incluso luego del estrepitoso fracaso electoral del Frente de Todos. Tras las medidas anunciadas para «poner plata en el bolsillo de la gente», tenemos que en septiembre siguió reduciéndose el déficit gracias a que los gastos primarios perdieron un 6,3% respecto de la inflación interanual, y eso a fuerza de una contracción del 16,7% en prestaciones sociales, ya que los subsidios al capital sí crecieron en términos reales. Todo, a pesar de que la recaudación tributaria creció un 18,2% por encima del IPC, es decir de contar con mayores recursos que los estimados. Los números son del Iaraf.

Si se presta atención, toda la exposición de Guzmán en el CCK estuvo al servicio de venderle a la población trabajadora que es posible arribar a un programa del FMI sin ahondar los padecimientos que se vienen agravando año tras año. Esta orientación reaccionaria quedó retratada además por quienes lo secundaron en el panel en cuestión.

Varoufakis fue el ministro de la experiencia de Syriza que culminó tal vez con uno de los fracasos más estrepitosos de la centroizquierda a nivel mundial, tras convocar plebiscito donde el pueblo griego se pronunció contra el pago de la deuda para finalmente acordar el ruinoso plan de ajuste y privatizaciones exigido por la troika del FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea. Arauz viene de una campaña presidencial con el partido del expresidente ecuatoriano Rafael Correa que incluyó en vísperas del ballotage un viaje a Estados Unidos donde declaró que «vamos a fortalecer la dolarización (de la economía ecuatoriana) con el apoyo de los Estados Unidos y de los organismos internacionales» y que la relación con el imperialismo yanqui iba «a ser excelente».

La pose de duro de Martín Guzmán, alegando que quienes se quejan por el retraso en la firma del acuerdo deberían reclamar al FMI, es un taparrabos de una orientación que deja a la Argentina a merced de lograr un cronograma usurario de repago de la deuda, ya que desde marzo se suman vencimientos impagables (a los que se suman los del Club de París). Si el Fondo no desaira del todo las expectativas del gobierno en la negociación es porque el imperialismo no apuesta a tirar al gobierno de Alberto Fernández de la cuerda floja, habida cuenta de la ausencia de recambio político y el cuadro de rebeliones populares en América Latina, ante el cual el Frente de Todos se ofrece como herramienta de contención del descontento de las masas.

La ruptura con el FMI es una condición indispensable para encarar una recapitalización del país y terminar con la depreciación de la moneda nacional.

 

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