02/06/2021 | 1623
Calentamiento global

¿Una transición energética en medio de la crisis capitalista?

Es clarificador que los gobiernos de las principales potencias económicas del mundo redoblen sus promesas de reducción de las emisiones de gases que generan el calentamiento global sin hacer balance alguno de por qué motivo se incumplieron todos los compromisos anteriores -que eran menos ambiciosos. ¿Cuál es, entonces, la capacidad real de estos Estados para cumplir sus nuevos objetivos e impedir un agravamiento sin retorno de la crisis climática? ¿Pueden las potencias capitalistas «liderar» (como plantea el mandatario norteamericano Joe Biden) una súbita transición energética verde?

La semana pasada fue definida por varias organizaciones y medios de comunicación como un «cataclismo» para las grandes compañías petroleras, en alusión a tres episodios: un tribunal holandés falló contra Shell a raíz de una demanda presentada por agrupaciones ambientalistas y encomendó a la empresa reducir en un 45% sus emisiones de carbono para 2030; en la junta de accionistas de Chevron obtuvo mayoría una moción que recomienda encarar una reducción de la huella de carbono tanto en el proceso de producción como en el producto; y un pequeño fondo de inversión con una mínima participación de capital logró consagrar dos «ambientalistas» en el directorio de ExxonMobil.

Si bien ninguno de los tres acontecimientos tiene algún efecto vinculante -ni siquiera el fallo judicial, que será apelado por Shell-, fue celebrado como la demostración de un cambio radical y de que se avecina un frente de tormentas para la industria de los hidrocarburos. Lo mismo se aduce acerca de que en 2020 se triplicara el monto anual de «bonos verdes» y financiación de proyectos sustentables. ¿Entramos en la era de las energías renovables? Veamos.

¿Hacia dónde vamos?

Respecto de las promesas oficiales, es lapidario un informe reciente de la Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés), titulado «Net Zero for 2050«, que sentencia que «las emisiones de CO2 de la energía y la industria han aumentado en un 60% desde que se firmó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en 1992″. En la lista de tareas para lograr efectivamente la neutralidad en las emisiones de carbono a nivel global para 2050, el estudio plantea en primer lugar que desde ahora no debería concretarse ninguna inversión en nuevos proyectos de combustibles fósiles ni inversiones adicionales para alargar la vida de los actuales.

Más aún, la IEA también señala que en 2020, a pesar de la fuerte disminución que suscitó la pandemia en las emisiones globales de carbono relacionadas con la energía, se alcanzó su concentración anual promedio en la atmósfera más alta en la historia. En su informe anual, «Global Energy Review», la misma agencia destaca que 2021 registrará un salto del 5% en las emisiones de gases de efecto invernadero provenientes de la energía, el segundo salto anual más grande registrado. Hasta la demanda mundial de carbón crecería un 4,5%, revirtiendo el declive de los últimos cinco años. Es curioso que estos informes culminen manifestando optimismo en el rumbo de la transición energética.

La cuestión es que mientras Biden convoca cumbres internacionales por el clima, la alemana Angela Merkel y el francés Emmanuel Macron adoptan el tema como eje de sus gestiones, y hasta el gobierno chino de Xi Jinping anuncia una pronunciada morigeración de las emisiones, no parece haber quiebre alguno en la producción energética.

La petrolera yanqui ExxonMobil pronostica larga vida a los combustibles fósiles y estima que se necesitarán nuevas inversiones de entre 12 y 17 billones de dólares para satisfacer la demanda mundial de petróleo y gas natural hasta 2040. El Reino Unido prosigue la concesión de licencias para nuevos campos de petróleo y gas en el Mar del Norte. British Petroleum viene de poner en actividad diez nuevos proyectos en todas las latitudes y pondrá en marcha once más entre 2022 y 2023. La francesa Total acaba de aprobar grandes explotaciones de hidrocarburos en Brasil, Angola y Uganda. En China se están construyendo nuevas centrales eléctricas de carbón. Rusia construyó una estación de gas licuado en el Ártico. Incluso el propio gobierno de Biden acaba de rechazar una objeción judicial de un tribunal de apelaciones que frenaba un megaproyecto de perforación petrolera de Conoco Phillips en Alaska, demandado por su fenomenal impacto ambiental. La lista podría seguir.

Esta realidad contraría uno de los pronósticos más comunes, que afirmaba que una vez que los costos de generación de energías renovables fueran menores que los de los combustibles fósiles la transición se desarrollaría naturalmente. Hoy las fuentes limpias (especialmente la solar) llegan a ser más baratas que los hidrocarburos, ¿por qué siguen corriendo de atrás?

El límite de la ganancia capitalista

Para ser concisos recurriremos al economista Brett Christophers, quien grafica que las «tasas internas de rendimiento (TIR), la medida comercial estándar de la rentabilidad de una inversión, oscilan entre el 15 y el 20% en hidrocarburos, o más. Las TIR típicas de las energías renovables en la actualidad rondan el 5 al ​​6%». Ello, principalmente, porque «las barreras de entrada al negocio de las energías renovables son mucho más bajas que en el petróleo y el gas, lo que aumenta la competencia y deprime la rentabilidad» (The Guardian, 25/5). Lo que guía al capital no son los costos, sino la ganancia.

El cuadro se complica más porque los precios de los PPA (acuerdos privados de compra) de energía renovable cayeron a mínimos históricos, y los compradores se rehúsan a ofrecer precios fijos a los generadores por plazos largos, apostando a la volatilidad del mercado. De hecho, las principales empresas de energías renovables no apuestan a la generación en sí, sino a la fabricación de tecnología y servicios.

Dicho autor explica también, en un artículo publicado en la revista New Political Economic, que la continuidad de las inversiones en la producción de petróleo y gas crea una inercia enorme a largo plazo, porque los costos obligados de los proyectos requieren para su recuperación una explotación prolongada en el tiempo de las reservas de hidrocarburos; lo cual lleva a Christophers a emplear el concepto de «capital fosilizado». A su vez, vale agregar que las grandes petroleras enfrentan importantes niveles de deuda que les exigen mantener altos dividendos. Finalmente, incluso para financiar una conversión hacia ramas sustentables o proyectos de absorción de carbono, no pueden dejar de depender de la explotación de sus yacimientos.

Esta dinámica es advertida desde hace tiempo por varios voceros de estas compañías, que alertan que una transición abrupta podría dejar nada menos que 900.000 millones de dólares en «activos varados», es decir inversiones de capital ya hechas que no podrían explotarse y reservas que pierden su valor. Un ejemplo es la Unión Europea, que fijó como meta emisiones netas cero para 2050, pero tiene aprobados numerosos proyectos de infraestructura en gasoductos y terminales gasíferas que -si se construyen y no se utilizan- plantean un riesgo potencial de activos varados de 104.000 millones de dólares, según cálculos de Global Energy Monitor. El propio director ejecutivo de la IEA afirma que podrían perderse unos cinco millones de puestos de trabajo en todo el mundo producto de la transición energética.

¿Cooperación o guerra comercial?

Una transición en estos términos sería caótica, y criminal para con los trabajadores y con el ambiente -porque el retiro de la explotación de los yacimientos sería desastroso. Pero, ¿existe otra forma de ensayar una transformación productiva en el capitalismo? Al panorama hay que agregar que el mercado es escenario de una competencia despiadada, en la que se enfrentan pulpos capitalistas amparados por sus Estados. La preocupación que alegan Shell, Chevron o Exxon es que la cuota del negocio que resignen por limitar su emisiones será inmediatamente cubierta por las petroleras nacionales rusas Gazprom y Rosnef, la saudita Aramco, o PetroChina, las cuales se beneficiarían además de una mayor rentabilidad por el efecto inmediato de una suba de los precios internacionales (generada por la menor oferta). La economía capitalista solo funciona sobre la base de una anárquica producción para el mercado.

Esta encerrona no puede compensarse con una orientación ecológica del capital financiero, basada en «bonos verdes» e instrumentos para financiar a bajo costo los emprendimientos sustentables. Es evidente, cuando los Estados inyectan millonadas en subsidios y los bancos centrales prestan a tasas cercanas a cero, cuando no directamente negativas, pero sin lograr la reactivación económica esperada. Las inversiones se dirigen a los negocios especulativos en el auge bursátil, al capital ficticio, porque la producción y el consumo siguen estancados. Sirve observar que el día en que se conoció el dato de que los estímulos inyectados por Estados Unidos para reactivar su actividad apenas habían logrado recuperar un cuarto de los puestos de trabajo que se había propuesto, hubo un festival de subas en Wall Street, porque significaba nuevos paquetes de incentivo y la continuidad de las bajas tasas de interés.

No hay una escasez de capital, sino una sobreacumulación. La caída de la inversión, que es el motor de la economía capitalista, es un resultado de la declinación de la tasa de ganancia, y esa es la base de la tendencia a la depresión económica mundial que se manifestaba ya antes del Covid-19. Estos rescates estatales, además, alargan la vida de las empresas llamadas zombis, cuya rentabilidad no cubre los intereses de sus deudas. Si ni siquiera pueden dejar quebrar al capital sobrante para depurar el mercado en términos capitalistas por el temor a una ola de quiebras corporativas y bancarias, ¿cómo pretenden las potencias imperialistas encarar una transición tan convulsiva como la que implica reconvertir la matriz energética? Antes deberían poder superar la propia crisis capitalista.

Esta situación acentúa las tendencias a la guerra comercial que enfrenta a las grandes potencias, lo que a su vez vuelve inocuas todas las cumbres internacionales que pretenden establecer marcos de coordinación para mitigar el calentamiento global. En marzo, el secretario de Cambio Climático norteamericano viajó a China para reunirse con funcionarios del gobierno de Xi Jinping y firmar una declaración conjunta prometiendo una cooperación mutua hacia la transición energética. ¿Cómo se compatibiliza eso con la ofensiva del gobierno de Biden por recomponer la hegemonía del imperialismo yanqui, y la consideración que hace el Pentágono de China y Rusia como enemigos estratégicos?

Los minerales críticos

En efecto, la cumbre bianual que reúne a los países costeros del Ártico volvió a sacar a la luz la carrera de colonización económica y militar que se desenvuelve en la región a partir del retroceso de los hielos, generado por el calentamiento global, para la explotación de inmensas reservas de hidrocarburos y minerales y por el control de las rutas comerciales estratégicas que se forman con esta nueva configuración geopolítica. Aquí se agrega un elemento crucial, porque parte de los recursos que están en disputa son las tierras raras, minerales que por sus propiedades electroquímicas y magnéticas son indispensables en la producción de baterías y tecnologías de energías renovables, además de la industria militar.

China concentra el 60% de extracción de tierras raras del mundo y el 87% de su procesamiento, además del 64% de la extracción de grafito, el 58% del procesamiento del litio, 65% del cobalto y 40% del cobre. Estados Unidos depende en un 80% de la importación de estos insumos de China, lo cual es un talón de Aquiles o una «vulnerabilidad energética» en palabras de Biden. Cuando en 2019 escalaron los chispazos entre Washington y Pekín, Xi Jinping amenazó con cortar el suministro, y Donald Trump llegó al absurdo de proponer la compra de la isla de Groenlandia para dotarse de reservas de estos minerales -país que, dicho sea de paso, fue cruzado por una crisis política en torno de la explotación minera que llevó a una formación ecologista e independentista al gobierno.

Las tierras raras fueron denominadas así porque no suelen encontrarse en grandes cantidades en la naturaleza. Por ese motivo y por las características de los minerales se emplean métodos de extracción y separación altamente contaminantes (incluso desechando material radiactivo) y bastante ineficientes, ya que se desperdicia buena parte de lo extraído. La IEA advierte en otro de sus informes que la producción actual de cobre y litio, que demanda grandes cantidades de agua, se concentra en más del 50% en áreas con altos niveles de estrés hídrico.

La transición capitalista de la energía promete entonces crear enormes pasivos ambientales, y además reforzará el saqueo imperialista de las materias primas en los países oprimidos. Esto vale especialmente para el «triángulo del litio» que conforma la región que une Argentina, Chile y Bolivia; Alberto Fernández remata la explotación de los yacimientos a grandes marcas automotrices y a pulpos chinos que lo procesan en su país. Apuntemos además que la rapiña capitalista por estos minerales produce una disparada de sus precios, como sucede hoy notoriamente con el cobre (clave para la expansión de las redes eléctricas), lo cual encarece la transición energética.

Socialismo o barbarie

Algo similar sucede con la puesta en vigor de los llamados «impuestos al carbono», que gravan a los productos importados por las emisiones generadas en su fabricación. El tema será objeto de debate, por enésima vez, en la cumbre climática COP26 que se realizará en Glasgow en noviembre. El hecho es que la fijación de estos aranceles recalienta la tendencia al dislocamiento del mercado mundial.

La Unión Europea busca acelerar la entrada en vigencia de estos impuestos a las importaciones, para detener la mudanza de las empresas electrointensivas que fronteras adentro enfrentan restricciones en su producción. Pero ello podría suscitar choques con China, que es su principal proveedor de acero y con Rusia que le suministra combustibles. Es sintomático que recientemente la Comisión Europea haya dictaminado que, por los acuerdos de libre comercio, no se implementarían restricciones a Ucrania, país que depende en enorme medida de sus exportaciones al bloque. Así, los impuestos al carbono representarían un acicate a la guerra comercial, como se aprecia también en la presión de Biden por establecer un piso a los gravámenes a las sociedades en todo el mundo, para reducir la brecha que separa lo que pagan en Estados Unidos y las cargas mucho menores de otros países, en función de promover una repatriación de capitales como la que pregonaba Trump con su «American first».

Esta cuestión grafica otro de los límites mortales del capitalismo por revertir el rumbo hacia el calentamiento global, que es su incapacidad para superar los antagonismos entre Estados nacionales, que como vimos se enfrentan como antagónicos en la disputa por el mercado mundial. No es un terreno fértil para acuerdos productivos sustentables. Finalmente, la «agenda verde» de Biden es parte de una gestión marcada por un ascenso extraordinario de la lucha de clases en el corazón mismo del imperio, que sentenció el fin del mandato de Trump, y de su declinación histórica como potencia, que caracteriza la fase actual del capitalismo en descomposición.

El telón de fondo de los agudos conflictos que plantea la transición energética es entonces una manifestación del agotamiento histórico del capital como régimen social, de que se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas. Como afirmaba Marx, estas contradicciones expresan que nos encontramos en una era de revolución social. Los líderes imperialistas deberían dejar de mirarse en el espejo de la Revolución Industrial, que alegan como ejemplo de la capacidad transformadora de las potencias capitalistas, y comenzar a identificarse con el período previo a la Primera Guerra Mundial, cuando fracasaron uno tras otro los intentos por evitar la conflagración. Fue el gran acierto histórico de la caracterización proclamada por Rosa Luxemburgo: «socialismo o barbarie».

El partido se definirá, pues, en la cancha de la lucha de clases. Solo los trabajadores pueden liderar una transición hacia energías limpias que no sea una masacre laboral, destructiva con el ambiente, un quebranto para naciones enteras que viven de la renta petrolera y el detonante de choques internacionales en mayor escala. Como punto de partida para encarar una reorganización productiva es vital la nacionalización sin pago y bajo control obrero de toda la industria energética, para quitarle al capital imperialista los resortes de la producción y emprender un plan destinado a trazar un desarrollo armónico con la naturaleza y las necesidades sociales. Este planteo transicional vale también para el resto de la actividad económica que incide en el calentamiento global, como los agronegocios, la ganadería industrial, la deforestación, los proyectos mineros en zonas de glaciares, entre tantas otras. En resumen, para revertir la crisis climática, como la crisis social y económica, es imperioso expropiar al capital.

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