01/09/2021
Bicicleta

¿Por qué el gobierno es incapaz de “dejar atrás la timba financiera”?

La realidad desmiente las promesas de Tolosa Paz y las premisas de Guzmán acerca de lo inocuo de la deuda en pesos.

Discursos y realidades. Después de varios días de escuchar a Martín Guzmán asegurar que el endeudamiento en pesos no representa ningún problema para el país, vemos ahora crujir toda la precaria pax cambiaria tras el cierre de un agosto en que las licitaciones del Tesoro no llegaron ni a renovar los vencimientos -por lo cual el gobierno deberá emitir pesos para cubrir el déficit y para pagar deuda. En simultáneo Victoria Tolosa Paz enfatizó, buscando confrontar con el macrismo, que la Argentina debe «dejar atrás la timba financiera» (palabras con que tanto insistía Alberto Fernández en su campaña presidencial de 2019), al mismo tiempo que se difundía el dato de que en los primeros ocho meses del año el Banco Central ya le pagó casi 800.000 millones de pesos a los bancos en concepto de intereses por las Leliq y pases pasivos. La política oficial es incapaz de superar la subordinación de la economía nacional a los dictados del capital financiero.

El hecho de que agosto culminara con un resultado negativo de las colocaciones de deuda del Ministerio de Economía es un condicionamiento muy concreto para el gobierno. Todo lo que gaste el Estado nacional por sobre lo que recaude deberá ser costeado con emisión monetaria, lo cual recalienta la inflación y estimula la corrida al dólar. Esto, cuando todavía restan vencimientos por un billón y medio de pesos hasta fin de año. Una refutación palpable de la premisa falsa de que la acumulación de endeudamiento en moneda nacional sea inofensiva.

El balance mensual adverso llega incluso a pesar del ofrecimiento de mayores tasas de interés y a plazos más cortos, lo cual revela que la dependencia de las decisiones de la banca y los fondos de inversión no solo es aprovechada por estos para mejorar la rentabilidad de sus inversiones, sino a su vez para encorsetar la política económica: el mensaje claro es que el rumbo oficial no debe apartarse, ni siquiera en los meses de elecciones, de sus logros de este año en cuanto a reducción del déficit fiscal (ajuste).

Más aún, lo que se expresa en este arrinconamiento del gobierno del Frente de Todos es la falsedad de adjudicar los males del país únicamente a que la deuda pública haya sido contraída en dólares. En realidad, la luz al final del túnel en la estrategia oficial para superar la presión permanente de una corrida cambiaria latente pasa por acordar con el FMI… para volver a los mercados internacionales de crédito. Era la orientación que llevó al entonces ministro de Economía Axel Kicillof a acordar una reestructuración leonina con el Club de París en 2014, y que luego concretara Macri con las consecuencias por todos conocidas. Por lo demás, si el endeudamiento en divisas es «insustentable» se debe en primer lugar a que se destina al pago de una hipoteca usuraria y fraudulenta, y por la incesante fuga de capitales que socava la estabilidad de la moneda nacional.

En efecto, mientras este agosto marcó otro récord histórico en cuanto a liquidación de divisas del agro, por más de 3.000 millones de dólares, el Banco Central no pudo evitar que se corte la racha de recomposición de las reservas internacionales. Ello, tras el pago de nuevos vencimientos de intereses al FMI y la venta de divisas para contener la brecha cambiaria, incluso con cepo ultrarreforzado. Como en un círculo vicioso, el cuadro tiende agravarse debido a que la incertidumbre acerca del tipo de cambio postelectoral promueve que los capitalistas adelanten sus importaciones, lo cual implica mayor demanda de dólares.

Con este telón de fondo es que asistimos a la incapacidad del gobierno de desarmar la bola de nieve de las Leliq y pases, que ronda ya los cuatro billones de pesos. Esta deuda remunerada del Banco Central ya costó, como apuntamos, cerca de 800.000 millones de pesos en lo que va del año en concepto de intereses (más que todo lo pagado en salarios por el Estado nacional), sumando aproximadamente un billón y medio desde la asunción de los Fernández. Ante semejante «timba financiera», la promesa de Tolosa Paz es lisa y llanamente una impostura. El punto es que si parte de esa masa de pesos que permanece ociosa en el Central se volcara a la circulación la hiperinflación sería cuestión de tiempo, al igual que la estampida hacia el dólar.

No debe sorprender entonces el vergonzoso debut de la estrategia oficial llamada Creadores de Mercado, donde solo se colocaron títulos por aproximadamente el 15% del objetivo. La cuestión es que la pretensión del desarrollo de un mercado de capitales doméstico que oriente los pesos hacia la inversión se topa… con la huelga de inversiones de los capitalistas -además de con la evidente facilidad que significa para los bancos privados prestarle al BCRA sin correr riesgo alguno, porque la entidad tiene la máquina de imprimir billetes para hacer frente a sus vencimientos. Son los bajísimos niveles de inversión lo que hace que cada peso que se vuelca al mercado genera mayor presión sobre los precios y el tipo de cambio.

Lo que los capitalistas exigen como condiciones para revertir esta desinversión es conocido por todos: reforma laboral para bajar los costos y aumentar la productividad, reforma previsional para achicar el déficit fiscal y reducir aún más los aportes patronales, reforma tributaria que implique exenciones impositivas a las empresas, y liberación del cepo cambiario para tener libertad de girar sus ganancias al exterior. Claro, son los puntos que requiere el programa que se negocia con el FMI. Apuntemos de paso que los economistas explican en parte el boom bursátil de los últimos días de las empresas argentinas por las expectativas en que la elección sea reñida, no porque el mercado sea esencialmente opositor al gobierno sino porque un Congreso equilibrado aparece como un reaseguro de que se contará con el «consenso» necesario para emprender este camino.

El oficialismo es consciente de todo esto. Por eso en plena campaña electoral reunió en un presunto congreso a importantes cámaras patronales y la burocracia sindical de la CGT a discutir sobre la necesidad de «actualizar» los convenios colectivos de trabajo y aumentar la productividad: intenta mostrarse como la vía para vehiculizar tamaño ataque contra las masas trabajadoras, gracias a que es quien cuenta con los canales de contención del descontento popular. Lo mismo puede observarse acerca de los diez puntos de consenso «hacia la pospandemia» que Massa propuso a la oposición nada menos que ante el consejo donde se reúnen las empresas norteamericanas radicada en el país.

Lo que se revela detrás de esta trama es el parasitismo capitalista. En esos términos, incluso una reactivación económica y productiva sería a costa de mayor explotación y peores condiciones laborales, e incluso no operaría como un canal de desarrollo independiente sino de mayor saqueo de las riquezas del país. Es lo que manifiesta el proyecto de Ley de Hidrocarburos que otorga la posibilidad a las petroleras de girar sus dividendos al exterior, y en un plano más general lo que indica el hecho de que la promoción oficial de las exportaciones no tenga otro fin que cumplir con el repago de la deuda externa. Con todo, la crisis capitalista internacional augura nuevos episodios que empañan la perspectiva de atarse a las commodities, y detonará además nuevos choques en la guerra comercial ante los cuales se verá la exposición que genera esta inserción semicolonial de la Argentina en el mercado mundial.

Por este camino, incluso si se lograran los cometidos del Frente de Todos, nos deparan entonces nuevas crisis de deuda, corridas cambiarias e inflación, con el consecuente agravamiento de la crisis social y la pobreza. La incapacidad del gobierno en «dejar atrás la timba financiera» responde a este carácter de clase, que revela una continuidad estructural en un régimen de saqueo de todos los que gobernaron las últimas décadas; lo cual explica por qué el elenco de funcionarios está compuesto por saltimbanquis que supieron formar parte de la experiencia de Menem y Cavallo (empezando, claro, por el propio Alberto Fernández y los Kirchner).

Para quebrar la postración al capital financiero es necesario nacionalizar la banca y centralizarla en un único sistema financiero bajo control obrero, de manera de orientar los recursos a la inversión productiva en el marco de un plan de desarrollo nacional. Lógicamente, ello requiere también la ruptura con el FMI y el no pago y la investigación de la deuda externa fraudulenta y usuraria, y la nacionalización del comercio exterior para cortar la fuga de capitales. Se trata de quitar los resortes estratégicos de la economía nacional de manos de un puñado de especuladores y multinacionales, que tienen a la burguesía nacional como socia menor del saqueo. La apertura de los libros de las empresas permitiría a su vez demostrar que la huelga de inversiones no obedece a un elevado costo laboral, cuando millones de asalariados no llegan a cubrir una canasta básica, sino al «costo empresario». En suma, es el programa del Frente de Izquierda Unidad el que encarna una salida al parasitismo del capitalismo argentino, a base de una reorganización social.

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